Monseñor Enmanuele Clarizio Conciliador eficaz en nuestras desavenencias patrias

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Segunda parte

 

Como experimentado diplomá­tico, sabía Monseñor Clarizio la deli­cada situación en que le corres­pondería llevar a cabo su misión como representante de la Santa Sede en la República Dominicana, en mo­mentos en que prácticamente se estrenaba un gobierno de transición (El Consejo de Estado), llamado a encauzar el país por senderos de democratización, después de las profundas convulsiones sociales y polí­ticas generadas a raíz el ajusticia­miento del tirano.

Su importante discurso del 8 de marzo de 1962 durante el recibi­miento solemne de la Iglesia dominicana en la Catedral Metropolitana, delineaba, a grandes rasgos, el alcance de tan comprometedora empresa, pero el mismo era también un llamamiento a la solidaridad y el compromiso de todos los dominicanos en aquella hora decisiva:

“Todos podemos y debemos hacer algo, cualquiera que sea nuestra condición: pobres y ricos; ins­truidos e ignorantes; intelectuales y obreros; sanos y enfermos; pues no debemos olvidar que: ‘Humilia mundi elegit Deus ut fortia confundat’. “Ha elegido Dios las cosas hu­mildes para confundir a los soberbios”. Y debemos imitar el valor del fuerte y la mansedumbre del humil­de. ‘Lapis, quem reprobaverunt hic factus est in caput anguli’. ‘La pie­dra, que rechazaron, se ha convertido en piedra angular. La oraciones y sacrificios de la Santa de Lisieux han arrastrado tantas almas como el Apóstol de la India, San Francisco Javier. Muchos mantienen ocultos en sus almas grandes dones del Señor y poseen reservas ignoradas y energías espirituales de un valor incalculable”.

“No debemos esperar pasivamente la llamada, que haga vibrar las resonancias infinitas de los dones divinos, encerrados en el fanal de nuestro corazón; sino ofrecer con dinámica espontaneidad la serena, gene­rosa y desinteresada ayuda por el bien de la sociedad”.

“Todos deben aportar su granito de arena y estar dispuestos a cola­borar con el máximo en­tusiasmo y desinterés en las directrices del Epis­copado, sin rehuir esfuerzos ni sacrificios”.

Y con clara conciencia de las exigencias del momento presente, seña­laba:

“Como en la vida de los individuos, así en la vida de las naciones hay momentos decisivos para su historia. Y esta es la hora en que cada cual debe tomar la parte de responsabilidad, que le corresponde ante Dios, ante la Iglesia, ante la Patria y ante sus semejantes”.

Por su dilatada experiencia diplo­mática en situaciones conflictivas, sabía que después de tan larga noche de dictadura, se habían hecho visibles los antagonismos y las discordias, por lo que afirmaría en aquel memorable discurso inaugural de su misión:

“El momento presente reclama: unidad, organización, adaptación al tiempo y lugar, coordinación y, por encima de todo, caridad. ‘In necessariis unitas; in dubiis libertad; in omnibus charitas’. “En los asuntos esenciales, unidad; en las cuestiones secundarias libertad; ¡y en todo momento caridad!”

Otros temas importantes, de carácter pastoral, merecieron atención en su discurso, como fueron el apostolado laical. Precisaba las exigencias del mismo, entre las que des­tacaba: “conocer a fondo las verdades de la fe; vivirlas con intensa vida sobrenatural; predicarlas, sobre todo, mediante el ejemplo y practicarlas a través de las obras en beneficio de nuestros prójimos”.

Destacaba, de igual manera, la importancia de las vocaciones sacerdotales, encomiando la labor del Se­minario Santo Tomás de Aquino, el cual visitó a pocos días de su arribo al país, al tiempo que ex­presaba su complacencia por la noticia de que “este año será concluido el Semin­ario de Santiago de los Caballeros”, se refería al Seminario San Pío X, al tiempo que abrigaba la esperanza de que “surgirán nuevos centros de formación eclesiástica y religiosa”.

Era el año para poner en práctica las enseñanzas sociales de la Encí­clica Madre y Maestra, del Papa Juan XXIII; el comienzo del Con­cilio Vaticano II, hechos que auguraban  un tiempo nuevo y fecundo para la vida de la Iglesia y del mundo, como se inauguraban también para la Iglesia y el pueblo dominicano momentos de cambios y tensiones, en que la lucidez, competencia y entrega de Monseñor Clarizio jugarían un rol estelar.