Octubre es el mes de las misiones y el Rosario en la Iglesia, y en este año Mariano ambos adquieren un significado especial, pues en estos 100 años de la coronación de María, Virgen de la Altagracia, como protectora de nuestro pueblo, estamos enviados a ir y proclamar Rosario en mano, la Buena nueva del reino de Dios que se hace visible en Jesús que nos llega por medio de la Virgen Madre.

Siempre se ha dicho que el Cristiano es de por sí misionero, estamos enviado por el Señor, a ir al mundo y proclamar el evangelio de vida y salvación que ha llegado a este mundo para todos los hombres y mujeres hijos de nuestro Dios y Señor. Reiteradamente, desde el inicio de su pontificado, el Santo Padre, el Papa Francisco, nos viene hablando de una Iglesia en salida, que es lo mismo que una Iglesia en misión, misionera de por sí; no podemos quedarnos encerrados en nuestros templos esperando a que la gente venga a nosotros, esa imagen de la Iglesia como tienda expendedora y dispensadora de servicios sacramentales debe quedar atrás, hoy estamos llamados a ir y dar lo que gratuitamente hemos recibido del Señor, no ha quedarnos quietos y solo custodiando su palabra, sino de hacerla llegar a tantos que la necesitan.

Un escritor  norteamericano, sobre asuntos religiosos, dice que desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia cambio su talante de ser meramente institucional a ser una Iglesia misionera, y que por lo tanto esto lleva a un cambio de perspectiva a la hora de comunicar el evangelio y de hacer presente a la Iglesia en el mundo. La misión exige que muchas cosas se flexibilicen, que nos desinstalemos y olvidemos de viejos esquemas y estructura, que desde el punto de vista de la misma misión pudiesen resultar caducas. La novedad del reino, implica las novedades que conlleva la misión, pues el punto de partida es encontrarnos con el otro tal cual es y necesitado de misericordia, la cual depositaremos en él en base a la gracia de Dios y las vertientes que se nos presentan.

Hay que orar mucho para ser un buen misionero, para cumplir con el encargo de Jesús de ‘’ir al mundo entero y proclamar el evangelio’’, y el Rosario siempre ha sido una plegaria inspiradora y a la vez instrumento para muchos misioneros, y la mejor forma de poner a los destinatarios de la misión en comunicación con el Dios que envía y llega, por medio de la Virgen Madre. El Rosario, en la misión desplegada por la Iglesia en nuestro territorio dominicano, ha ido de la mano con la palabra de Dios que se recibe, ha sido testimonio de cómo ha calado la Buena nueva entre nosotros, sobre todo en el ambiente familiar. La devoción a la Virgen de la Altagracia, que conmemoramos en el 100 aniversario de su coronación y consagración del país a ella, ha sido motor de la misión eclesial en nuestra sociedad, nos atreveríamos a decir, que ser Cristiano católico dominicano- misionero, es ser altagraciano y con Rosario en mano, para hacer vida la Buena nueva salvífica, que en esa misión de hace 500 años se emprendió en el país y de la cual hoy, en la devoción altagraciana vemos parte de los frutos.

Misión y devoción Mariana por parte del rezo del Rosario son dos elementos a ser siempre revalorizado en nuestra esencia cristiana-católica, y ser consciente de la importancia que tienen ambos, para hacer visible al reino de Dios entre nosotros.