Del libro Vivir o el arte Innovar

Es frecuente encontrar en la sociedad grupos de personas que, por encontrarse bajo una misma sombrilla ideológica, o ligadas por los mismos intereses, absolutizan sus puntos de vista, llegando a creerlos irreconciliables con los de los demás. La Iglesia, como entidad social, experimenta de algún modo esta misma realidad. 

Hasta ahora he podido observar que la buena obra realizada por muchos grupos dentro de ella, puede verse disminuida y hasta desacreditada por esta corriente exclusivista que cierra puertas en vez de hacerse universal. Esto significa que la hermosa obra del Espíritu puede verse estropeada por dicha actitud personal y grupal. 

Parece muy fácil entre los humanos llegar a creerse los “cátaros”, los puros, entregando a la abominación todo lo demás. 

He visto grupos que han hecho considerables aportes a la Iglesia, habiendo encontrado para sus adeptos un modo específico de vivencia de la fe. Pero la tentación ha estado en absolutizar ese modo y querer convertirlo en camisa de fuerza para todos los demás. Ud. no se salva por estar “en la barca”, sino solo en la proa de la barca, en donde se supone que ellos están. Algunos quizá no aspiran a uniformar a toda la Iglesia, pero llegan a considerar cristianos de inferior categoría a los demás. 

No creo que este mal sea incurable; solo hace falta ampliar el horizonte, ensanchar el corazón. 

A propósito de este tema, escuché en mi juventud la siguiente historia. Murió una persona “muy querida” y, al llegar al cielo, el mismo San Pedro se ofreció para darle un tour por las verdes praderas celestiales. Entregó las llaves a un sustituto, y salió con la persona a efectuar el recorrido. 

El huésped bienaventurado no salía del asombro ante tanta maravilla: Iba y venía la multitud de los santos. Incontables muchedumbres cantaban y alababan al Señor. La persona visitante preguntaba por lo que ignoraba –que era casi todo–, y Pedro gustosamente le respondía. 

Siguieron avanzando, y fueron a dar a un lugar cerrado, en cuyo interior se escuchaban animadas voces y cantos. Pero no se veía absolutamente nada hacia adentro, pues el recinto estaba herméticamente cerrado a la vista. La persona preguntó a San Pedro qué era aquello, a lo que éste respondió: “Ah, se trata de los …… que piensan que son los únicos habitantes del cielo”. 

Nota: 

Por respeto no he escrito el nombre que me dijeron; he preferido dejar el espacio vacío (…..), pues según quién cuenta la historia se pone el nombre de una u otra congregación, grupo, etc. De todos modos, considero que el mensaje es claro.