Mirada médica y mirada patológica La mirada médica percibe la pasión de la vida; la patológica se concentra en la pasión de la muerte

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En el relato del ciego de nacimiento que se nos ofrece en la liturgia de este domingo aparecen muchas miradas: la de los discípulos, la de los familiares del ciego, la de las autoridades judías, la de Jesús… y la del propio ciego. Todas ellas las podemos clasificar bajo dos conceptos: mirada médica y mirada patológica. La distinción entre ambas miradas la establece muy atinadamente el filósofo catalán Josep María Esquirol. La primera es la más atenta a la condición vulnerable del ser humano. Una mirada médica trata de descubrir las posibilidades de sanación. Se le opone la mirada patológica, aquella que se detiene en los tejidos muertos. La mirada médica percibe la pasión de la vida; la patológica se concentra en la pasión de la muerte.

Tanto los discípulos, como los familiares del Ciego y las autoridades judías se caracterizan por tener una mirada patológica, se detienen a mirar las “zonas” muertas. Toman distancia, lo abordan con esa mirada patológica que antepone el mal, la enfermedad, a la salud; mientras que Jesús, y luego el ciego, aunque desde otra perspectiva, muestran una mirada médica, aquella que se detiene en las posibilidades de curación y de vida.

Josep María Esquirol propone, al respecto, ampliar el sentido de lo médico y restringir el de lo patoló­gico. Invita a denunciar la patologización de la vida. La dificultad de la existencia no es una enfermedad; que el hombre no tiene remedio… Por su parte, a Viktor Frankl le encantaba repetir: Yo no soy mi enfermedad. El ciego del relato es mucho más que su condición. Es lo que ve Jesús y que son incapaces de ver los demás, incluso su propia familia.

Optar por una mirada médica, y no una patológica, significa no mi­rar a los demás buscando desde un principio el problema que contienen, que se tiene o en el que se está. Evitemos cultivar las miradas que “patologizan” la vida porque la pro­blematicidad de la vida no es una enfermedad. Es cierto que estamos llamados a la práctica de una filosofía del cuidado de la vida, pero no significa que se esté enfermo. No solo se cuida lo enfermo, también se cuida el jardín cuando no tiene plagas.

La mirada médica suele ser más contemplativa que la patológica. Una mirada contemplativa nos permite descubrir en lo profundo de la persona las raíces sagradas de la vida, convirtiéndolas en fuente de alabanza y gratitud. Mientras los discípulos se fijan en la posibilidad del pecado (“¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?), Jesús se centra en la posibilidad de hacer presente a Dios (“Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesta en él las obras de Dios”).

Hablar de acercarse a los otros con una mirada contemplativa sugiere que lo hagamos con una mirada ingenua. Esto es, una mirada que nos permita barruntar la base de la condición humana, lo fundamental en ella. Una mirada aún no contaminada por prejuicios. Una mirada de niño. Tanto los discípulos como los familiares del ciego, sus vecinos y los fariseos lo veían con una mirada cargada de prejuicios. Y con esos mismos lentes algunos de ellos verían también a Jesús. Cuando hablo de mirada ingenua o de niño no me refiero con ello a la mirada infantil e inmadura, sino a la mirada cercana al suelo, al fundamento. No es una mirada banal, sino limpia. Descontaminada.

La mirada contemplativa se diferencia de la mirada utilitaria. La mirada utilitaria aniquila la distancia entre el sujeto y la cosa. La mirada contemplativa se posiciona a la distancia para descubrir la belleza de lo que está ante nosotros.

Nuestra mirada tanto hacia Dios como hacia los demás debe ser una mirada contemplativa, no utilitaria. No pretendamos atrapar a Dios o a los otros. Su misterio se nos escurre de las manos.