A menudo sucede que, en medio de un pueblo mayormente bullanguero, cualquiera se dispersa. He mencionado a veces el caso en que me dirigía hacia la iglesia acompañado del párroco, en su vehículo, a celebrar la Eucaristía. Llegamos hasta la misma puerta de la Iglesia con una música frenética, cantando boberías, en el radio encendido por el mismo cura. Yo mismo tuve que tomar la iniciativa de silenciar aquella cosa. Pero es claro que si andamos con el mundo en la cabeza y en el corazón, difícilmente procederemos de otro modo. Yo mismo he tenido que pedir perdón por haberme despistado, pero tengo por costumbre ir rezando el santo rosario mientras me dirijo a celebrar la Misa; esta práctica me acorta las distancias y me acerca al misterio.

¡Con cuánta veneración recuerdo a tantos buenos sacerdotes! Ungidos por el Espíritu, trabajadores incansables, serviciales, presencia viva de Dios en medio de su pueblo. Algunos de sus nombres andan por ahí en este libro. Y Dios me concedió, a pesar de mi miseria, el privilegio de ser Formador e incluso de acompañar espiritualmente a algunos, durante prolongados años. En el futuro (y quizá no tan lejano), otros estarán diciendo de esos jóvenes, lo que yo dije hoy de los mayores. El Espíritu Santo no ha interrumpido su trabajo.

Ahora, como obispo, me ha concedido el Señor ir mucho más allá: he ordenado sacerdotes y diáconos. ¡Tremenda realidad! ¡Enorme compromiso!

Hay que decir que los obispos no siempre acertamos en esta tarea. Por supuesto, toda persona es un misterio que solo Dios entiende plenamente. Pero sobra decir que eso no nos exime de hurgar y orar impetrando de Dios la luz suficiente para no errar cuando tomamos la decisión de Ordenar a un candidato.

Supongo que en esto cada obispo tendrá grandes satisfacciones y también sus decepciones. En cuanto a mí, ¿qué diré? ¿He acertado? ¿He fallado? En este punto deseo con toda mi alma no fallar nunca. Pero Dios sabrá, pues hay que esperar, tal como lo dice la Escritura: “Miren el desenlace de su vida” (Cf. Heb 13,7).

A veces nos pasa por testarudos; otras veces, por la complejidad del misterio que es cada ser humano. En una ocasión, a un hermano obispo que decía que no entendía cómo el seminario dejaba pasar al sacerdocio gente inadecuada, le dije cariñosamente: “Monseñor, se ve que usted no ha sido formador: se nos pasan hasta por debajo de la falda…”. Esta imagen que empleé es quizá demasiado maternal, pero aludía a que la formación sacerdotal brega con el misterio que es el ser humano. Por eso, incluso hasta en tiempo de los mejores formadores del mundo, en nuestro país se ha colado gente inadecuada para la vida sacerdotal. Sucede que a algunos se nos olvida.

Cuando yo era seminarista mayor (no sé en qué curso), la rectoría hizo circular unas fichas para que escribiéramos nuestra opinión sobre un seminarista de término. Yo escribí que mi parecer era que no debía entrar al sacerdocio. La razón presentada por mí no era nada teológica (a lo sumo antropológica): meneaba mucho la cola cuando veía una jovencita. Es decir, no le notaba la debida ecuanimidad en esta materia. Finalmente lo ordenaron, para pesar de la misma Iglesia, pues incluso terminaría abandonandola.

Y solo digo que en esto hay casos de película, dentro y fuera del país. Pero no se olvide que lo digo con techo de cristal, pues yo mismo tengo que suplicar diariamente la gracia de la perseverancia final.

Hay casos en que creo que hemos abusado, y eso lo vi desde el mismo seminario mayor. No bien retiraba el seminario a un joven, y se lo llevaba de aire alguna congregación religiosa u otra entidad eclesiástica, sin preguntar a la institución que lo despidió. (A veces era alguna diócesis la que lo recibía). Y esto lo sé muy bien, pues era una práctica bastante común. Los que lo recibían prescinden de nuestra recomendación (y algunos pagaron muy cara la imprudencia); pero hay que saber que tampoco falta en la Iglesia quien cree tener la exclusiva del Espíritu Santo.

Sabemos que la desesperación es mala consejera, y esto también ha influido. Congregaciones y diócesis sin vocaciones, se han visto compelidos a echar mano a lo que aparezca. Ante esta necesidad, algunos obispos hemos salido a pescar; en la red han caído santos y algún que otro vagabundo.

Fíjense que no digo que, por ejemplo, una comunidad religiosa no pueda acertar admitiendo en su seno a un seminarista retirado del seminario. Recuerdo casos en que el mismo seminario, por razón de su idiosincracia, le decía a algún joven que meditara, a ver si le era más adecuado un tipo de  vida religiosa, como es el caso de la vida contemplativa. También puede un obispo considerar la posibilidad de recibir a un seminarista que ha salido de otra diócesis. Pero supongo que no lo hará de buenas a primeras. Yo mismo he recibido dos, pero me ha costado tiempo, oración y paciencia llegar al punto de poder aceptarlos sin que le pese a mi conciencia.

Mucha gente sabe también que tengo una lista larga de personas, de todos los niveles formativos, que han solicitado entrar a la Diócesis de Baní. He preferido pasar penurias antes que permitir que entre quien no debe ser recibido. Por supuesto que he gastado horas y recursos antes de tomar la decisión respecto a cada caso.

Pero es lo que ya dije: Dios nos recompensa haciendo que la misma tierra produzca sus frutos. Por eso ahora experimentamos la gran alegría de ver surgir más vocaciones nativas, fruto del trabajo eclesial realizado pacientemente por nativos y extranjeros, labor acompañada de muchas oraciones.

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