Mi testamento

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Pedro Domínguez Brito |[email protected]

El pasado 12 de agosto cumplí años. Escribí un testamento, en forma de decálogo, aunque no pretendo marcharme sin culminar múltiples propósitos. Es un resumen de vivencias.

  1. He aprendido que los caminos tienen obstáculos y no siempre salimos airosos en el recorrido. O nos levantamos y seguimos adelante o nos dejamos morir. La decisión es nuestra. 
  1. He aprendido que el valor de las cosas es el que le damos, no el que tiene etiquetado o el que la fama pretende otorgarle.
  1. He aprendido a tener fe en Dios, seguir al Jesús libre y liberador, respetar la patria y valorar  mi familia y amistades, amar y ser amado, trabajar con pasión, tener metas, disfrutar haciendo lo correcto y sirviéndole a los demás, actuar con honestidad, emocionarme con la  lectura y la música, dignificar mi profesión y aplaudir el talento y el éxito del prójimo. 
  1. He aprendido guardar silencio  si pienso que mis palabras o actuaciones pueden causar daño.
  1.  He aprendido que no se cumple para complacer a terceros, si no para estar en armonía con nuestras convicciones y propósitos en la vida. 
  1. He aprendido a simplificar las cosas y a ocuparme y no preocuparme de los problemas, cuando existan, pues muchos son producto de nuestra imaginación.
  1. He aprendido que la sencillez es espontánea y silenciosa. No se exhibe como trofeo, porque eso la convierte en falsa. La sencillez brota íntegra de las miradas, de las sonrisas, donde cada gesto se expresa con armonía y naturalidad. 
  1. He aprendido que la intensidad del cariño a un familiar o amigo no depende de la frecuencia con la que compartimos, ni de la distancia que nos separe; basta saber que esa persona está allí y que estamos dispuestos en cualquier momento a darnos la mano.
  1. He aprendido a evitar los insensatos, a los que le temen  estar en paz;  también a las se desviven por “tener” y no por “ser” y a quienes jura que son superiores. Esa gente en nada contribuye a nuestra felicidad.  
  1. He aprendido que el verdadero amor motiva, nos hace avanzar, nos fortalece para enfrentar las adversidades y nos nutre de ecuanimidad para asimilar los triunfos.

En el tiempo que me queda, aspiro cumplir mi deber, aprender en el bien, asimilar experiencias, convirtiéndome en mejor ser humano, y, en consecuencia, en alguien más feliz y útil a la sociedad, lo que es, en esencia, la riqueza.