Por: Reynaldo R. Espinal

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La semana próximo pasada hicimos referencia a los agravios y desconsideraciones inferidos por el régimen de Trujillo al nuncio papal de su Santidad Monseñor Lino Zanini, quien desempeño con gallardía y digna entereza su misión diplomática y pastoral entre nosotros, cumpliendo a pie juntillas con las instrucciones recibidas del Papa Juan XXIII y la diplomacia vaticana de “ conservar prudente distancia y mantener frías relaciones ” con el régimen agonizante, etapa en la cual fueron más fieros sus coletazos conculcando los derechos y libertades de quienes hicieron oposición a sus desmanes.

Es oportuno, por tanto, que el pueblo dominicano conozca más detalles del papel estelar jugado por este gran diplomático pontificio durante los pocos meses en que le correspondió servir entre nosotros.

No fue nada casual que el 16 de junio de 1959, apenas dos días después del arribo de los expedicionarios de la “Raza Inmortal” por las montañas de Constanza, el Papa Juan XXIII designara como Nuncio Apostólico —es decir como su Embajador en nuestro país— a Monseñor Lino Zanini, sustituyendo en tal función a Monseñor Salvatore Siino que desempañaba tal responsabilidad desde 1953.

Zanini era un probado exponente de la diplomacia pontificia. De imponente porte y recia personalidad. Balaguer, que le conoció y trató a fondo, trazó con agudeza su perfil:

“Este hombre extraño daba a primera vista la impresión de una persona intolerante y orgullosa. Su alta estatura y la dignidad majestuosa de su continente, su aire aristocrático y la altivez imperialicia de su mirada, contribuyeron a crear esa impresión en el ánimo de Trujillo y en el de muchos personajes del ámbito oficial dominicano. En realidad, lo que es Zanini es un hombre de ideas progresistas, perteneciente al grupo de la jerarquía romana que se mantiene fiel a

la tradición liberal de la Iglesia y al destino de su obra civilizadora.”

Nacido el Riese, en la diócesis de Treviso (Nord-Italia), el 6 de mayo de 1909, fue ordenado sacerdote en Venecia el 2 de julio de 1933. Después de dos años de trabajo parroquial, se trasladó a Roma, ingresando en la Pontificia Academia Eclesiástica, centro de formación de los diplomáticos de la Santa Sede, en 1935, obteniendo el Doctorado en Derecho Canónico en el Pontificio Ateneo Lateranense.

Inicio sus servicios diplomáticos en la Secretaría de Estado de la Santa Sede y luego desempeñó representaciones pontificias en, Ecuador, Perú, Santiago de Chile, Bruselas y el Líbano, servicios que alternaba con el trabajo en la Secretaría de Estado Vaticano.

Fue enviado como Jefe de Misión a Teherán en 1957 y nombrado al mismo tiempo como Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Ispahan, la organización de la Iglesia Católica en Irán, donde le alcanzó la designación de Internuncio Apostólico de Irán, cargo que desempeñaba al momento de ser nombrado por el Papa Juan XXIII como Nuncio Apostólico en la República Dominicana.

Oportuno es consignar una pertinente aclaración en torno a un dato impreciso que cobró vigencia entre los biógrafos de Trujillo y que en gran medida se ha perpetuado hasta nuestros días con relación a Monseñor Lino Zanini. Se sostuvo que antes de venir a República Dominicana estuvo como Nuncio en Argentina, y que en tal condición jugaría un activo papel en la caída del dictador Juan Domingo Perón. Responsable de propalar esta falsa especie fue el mismo Perón, quien estaba exiliado en el pais cuando se produjo la llegada de Zanini. Se afirma que Perón alertó a Trujillo de que tuviera cuidado con Zanini.

Lo cierto es- y de ahí la falsedad del dato antes expuesto- que el Nuncio en Argentina al momento de la caída de Perón llevaba por nombre Mario Zanín, pero Perón lo confundió con Zanini trasmitiendo el dato erróneo a Trujillo, dato que los biógrafos replicarían en diversas ocasiones.