Más experiencias en el Seminario Santo Tomás de Aquino

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Los seminaristas eran agradecidos. Recuerdo muy pocos casos de ingratitud. Solo me viene a la mente uno, con el que –como parte del proceso formativo– yo mismo me fui a los confines del país a visitar su familia, además del acompañamiento que se le dispensaba en el Seminario; luego se metió a una secta y hablaba barbaridades del Seminario. Pero hay que contar con eso (oí también que no andaba muy bien de la cabeza).

Me sucedió, además, que uno propaló que el Semina­rio era un desastre, que na­die se ocupaba de nadie… Yo, que fui su Formador, al enterarme años después de la especie por él difundida, lo abordé recordándole consejos que yo le había dado en situaciones concretas, e incluso asuntos de su salud en los que yo había interve­nido. Y le dije que así como yo recordaba esas cosas, cuántas más no dirían los otros Formadores que él tuvo. Lo que significaba que en el Seminario, alguien se ocupaba de él… Rápidamen­te reconoció con humildad que se había equivocado.

Yo, por formación en la familia, aprendí temprano a respetar a las personas; por ejemplo, pobre de quien en mi casa se burlara de alguien con un defecto físico. Apar­te del consabido donde él compró venden, podía tocarle a uno un buen castigo.

Respetar a la persona conlleva confiar en ella, pues la confianza es una for­ma fundamental de expresar el respeto. Y eso hacía yo en el Seminario. Preguntaba sobre un hecho, interrogaba, pero tenía que creer a la persona. Esto me trae a la men­te un cuadro pirograbado que había en el Seminario, con una frase atribuida al Cardenal Beras: “Prefiero ser engañado mil veces a ser suspicaz”.

Pero este modo de proceder mío me trajo algunas dificultades. Recuerdo que un Formador decía algo res­pecto a un punto en la conducta de un seminarista en determinada circunstancia (tengo en mi mente los nombres de ambos). Yo hablé con el seminarista y le creí lo que me dijo, aún siendo algo distinto a la opinión del Formador, y así se lo hice saber a éste. Ese seminarista es un Sacerdote de muchos años de ministerio.

Ahora bien, mi credulidad me hizo fracasar en otra oportunidad. Regresaba un seminarista de vacaciones de verano en su casa “en el interior” y al llegar al Semi­nario me hizo esta historia: cuando llegó a la Capital bajó de la guagua y, mientras estaba en la acera se le perdió la cartera en que traía el dinero de la pensión de todo el año, un reloj que hacía poco le había regalado su madre y no sé qué más. Yo le pregunté si al bajar de la guagua traía consigo esas cosas y me aseguró que sí; también le pregunté si se le había acercado alguien sos­pechoso, si había gente en la acera. Pero no había nadie.

La cosa era sorprendente para mí. Pensé hasta en al­guien que lo había hipnotizado. A pesar de todo –aun sin entender– le creí. Luego me tocó ausentarme del Se­minario por un tiempo y, al regresar, pregunté por el se­minarista. Me dijeron que había salido del Seminario; que se descubrió que era un tíguere de primera, juga­dor… entre otras lindezas. O sea, que ya se pueden imagi­nar qué pasó con el dinero y lo demás.

En todos los años que pasé como Formador tuve que bregar con pocas cosas desagradables. Antes del Equipo Formador diocesano oí del caso de un seminarista que llegó por la noche, y aunque tenía la llave en la mano, no pudo entrar; tuvie­ron que bajar a abrirle los compañeros pues, aunque estaba iluminada la puerta, él no le atinaba con la llave.

Se sabe que hay líquidos que descontrolan un poco el pulso, la vista y la estabilidad… Supe de otro, que llegó a ser sacerdote, (un caso algo más antiguo); te­nía problema con la bebida y decía que lo había aprendido en el Seminario. Pero es di­fícil creerle a alguien que procura a toda costa encontrar culpable fuera de sí mismo. Reitero lo que ex­presé más atrás: me sorprende la limpieza de vida de tantos jóvenes. No es que alguno no se equivocara, pero era la excepción, no la regla. Es difícil conseguir una sinceridad absoluta en todos. Hasta en tiempos recientes he oído de seminaristas irresponsa­bles, maltratando su voca­ción en el juego de nadar y guardar la ropa. Es decir, vi­viendo una doble vida. Gra­cias a Dios que, al menos a algunos, hasta las mismas circunstancias los han obli­gado a apar­tarse del camino sacerdotal.

A propósito de sinceridad, recuerdo que me toca­ron tres casos en que el Equipo Formador me pidió que hablara con unas perso­nas respecto a rumores de homosexualidad que circulaban en el Seminario. “Im­posible, son chismes,” etc., etc. Eso me dijeron. Sin em­bargo, cada uno de ellos ha dado agua a beber a la Igle­sia. Creo que en ese tiempo, en la formación sacerdotal había varias cosas que se da­­ban por supuesto.

En una de las primeras reuniones del nuevo Equipo Formador diocesano con algunos obispos (1981), su­pongo que delegados por la Conferencia para el Semina­rio, el Padre Fausto Mejía les pedía algo así como un perfil de sacerdote diocesa­no, con el que se pudiera elaborar un proyecto formativo para el Seminario. Esta reunión se efectuó en el se­gundo piso de la casa donde actualmente está la Capilla del Perpetuo Socorro.

La respuesta de uno de los obispos a la petición del Padre Fausto fue que los formáramos iguales que noso­tros. Tremendo piropo para nosotros pero, por supuesto, no era suficiente.