Las llaves de la autoridad

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Cuando las llaves se usan para cerrar se actúa con poder;

cuando se utilizan para abrir se ejerce la autoridad.

Tanto en la primera lectura de este día como en el Evangelio aparece el signo de las llaves. En el primer caso a Eliaquín le entregan las llaves del palacio de David, lo que lo habilita para ser mayordomo real, en sustitución de Sobná, quien ha sido destituido por corrupción, al hacer uso de los recursos estatales para su ­beneficio personal.

En el Evangelio, a Pedro se le prometen las llaves del reino de los cielos. La entrega de las llaves a alguien supone confiarle una autoridad que le acredita para tomar decisiones, para gobernar. Lo irónico del primer caso es que Sobná es destituido por haber he­cho uso del erario para cons­truir­se un mausoleo, “se constru­yó su propia tumba”. A Pedro, por su parte, se le confía la misión de abrir a las personas las puertas del reino, al servicio del cual se en­cuentra la Iglesia que él debe go­bernar.

Ambos textos nos muestran que si bien es cierto que las llaves sirven para abrir y cerrar las puertas, estas tienen un sentido que sobrepasa lo funcional. Las llaves que reciben tanto Eliaquín como Pedro son signo de la investidura que detentan. Al primero se le llama “siervo de Yahvé”; al se­gundo se le designa como roca, cimiento sobre el que se levantará un gran proyecto. A quienes se les confían las llaves se les enco­mienda la autoridad y la jurisdicción inherentes al cargo, lo mis­mo que se les exige asumir con gran responsabilidad la enco­mienda.

Sobná, el anterior mayordomo real, se desorientó en su misión por el mal uso del poder que de­tentaba. Es una de las cosas que se le quita para traspasarla a Eliaquín (“le daré tus poderes”), junto con la túnica y la banda.  De este último se dice que “será pa­dre para los habitantes de Jeru­salén”. Será un poder paternal, que tiene que ver más con autoridad que con el poder en sí mismo. Lo mismo sucede con Pedro en el Evangelio, a él se le dice: “lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Se trata del “poder” de atar y desatar; que también po­dría ser considerado más como una autoridad que como poder en sí mismo. Digo que en ambos casos se trata de un asunto más de autoridad que de poder, porque la responsabilidad que se les confiere tiene que ver con una labor que implica relación con otros y, como sabemos, cuando se trata de relaciones humanas lo que se espera es el ejercicio de la autoridad, no el uso poder. Se ha dicho que “cuando la autoridad se ­corrompe en poder, la primera que sufre es la relación”.

Las llaves que reciben tanto Eliaquín como Pedro no son para encerrar a los otros, sino para abrirlos a la libertad; es para que puedan abrir el corazón propio y el ajeno en función de relaciones que ayuden a crecer. Cuando las llaves se usan para cerrar se actúa con poder; cuando se utilizan para abrir se ejerce la autoridad. La autoridad no se impone; el poder sí. Cuando se cede a la ten­tación del poder todo lo que se pretende construir con otros fracasa; cuando es la autoridad la que prevalece quien está llamado a ser líder del proyecto encuentra el apoyo de los demás. Se podría decir que el poder es una deformación de la autoridad. Aunque se debe tener en cuenta que hay una autoridad adquirida y hay otra merecida. El nuevo mayordomo real, como el apóstol, ad­quieren autoridad por el rol que se les pide desempeñar; en adelante tendrán que merecerla por la for­ma en que ejerzan su labor.Es posible que este último tipo de autoridad sea más importante que la primera, porque es la que lleva a reconocerse como parte de un proyecto que vale la pena. Quien lo sigue lo hace con libertad y alegría.