Las bienaventuranzas

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¿Cuál felicidad?

El Evangelio de este domingo nos pone a pensar en las bienaventu­ranzas. En esta ocasión presentadas por Lucas, quien, a diferencia de Mateo, solo recoge cuatro en vez de ocho, y las acompaña de cuatro “ma­laventuranzas”, esas formulaciones que comienzan con la expresión “ay de vosotros…”. No obstante, ambos evangelistas invitan a vivir una vida bienaventurada.

De las bienaventuranzas ha dicho José Tolentino Mendonca, en el re­tiro impartido el año pasado al Papa Francisco y la Curia Romana, que “representan en sí mismas un audaz indicador de identidades”, “una configuración de la vida”, “un verdadero llamamiento existencial”. Ellas nos invitan a un modo de ser en nuestra vida concreta: ser como el mismo Jesús, de quien las bienaventuranzas son el más vivo retrato. Ellas son “el autorretrato de quien las pronunció”.

Es Dios mismo el que quiere que tengamos una vida bienaventurada, de realización plena, feliz. Con frecuencia se ha visto este ideal como algo que corresponde a una vida más allá de la muerte. Esto hace que me pregunte: ¿Dios solo quiere que sea­mos felices “en la otra vida”? ¿Y qué pasa con esta? Sin duda que si Dios es un padre bueno, como lo pensa­mos, querrá que seamos felices tanto en esta vida como en la otra. ¿Acaso el gran amor que Dios nos tiene se opone a nuestro anhelo de felicidad? Si esto fuera así no habría contradicción mayor.

El ubicar la felicidad solo en el más allá ha tenido sus graves consecuencias para la vida cristiana. Lo primero es que para ser feliz había que esperar a estar muerto. En segundo lugar, todo lo que generaba alguna satisfacción al ser humano, caía en el campo del pecado y constituía un atentado contra la felicidad en el “más allá”. La vida del santo debía ser una vida de sufrimiento, penitencias, humillaciones, etc. ¿Se refieren a eso las bienaventuranzas? ¿Es ese el ideal de felicidad que nos presenta Jesús en el Evangelio?

Claro, también hay que conside­rar el otro extremo. Aquel donde se ubican los que piensan que la felicidad se reduce a pasar momentos agradables, de diversión intensa y sin sacrificio alguno. Es lo que sucede a menudo en la sociedad positiva en que vivimos, la cual pretende deste­rrar cualquier atisbo de negatividad. Muchos pretenden alcanzar felicidad sin esfuerzo y a toda costa. Se ha llegado a hablar de la dictadura de la felicidad, por su carácter obligatorio y coercitivo. No importa si no se es justo, honesto o sincero; lo que im­porta es ser feliz a todo coste. Roger-Pol Droit ha escrito al respecto: “Ese totalitarismo soft nos acostumbra a la diversión continua. Construye permanentemente un mundo ligero, ‘desrealizado’, una representación blanda y sosa, cuyos contenidos se han vaciado de toda realidad, si es que admitimos que la realidad es ru­gosa, conflictiva y desconcertante”.

Todo esto me hace pensar de modo especial en las cuatro biena­venturanzas que recoge el evangelista Lucas, en el texto de este do­mingo, referidas a los pobres, a los que tienen hambre, a los que ahora lloran y a los que son odiados, per­seguidos e insultados. Todos ellos tienen en común distintas expresio­nes de la amargura concreta que vive la gran mayoría (sino todos) de seres humanos. ¿Habrá alguna persona que no caiga dentro de una de estas categorías? ¿Existirá alguien que no sea pobre, o que no llore por causa alguna, o que no se sienta odiado, perse­guido, insultado? Quien piense lo contrario sencillamente está negando lo que es la vida en su realidad más concreta.