La vocación y el papel de la familia fundada en el amor y abierta a la vida

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En tiempos atrás   para la familia era un honor tener entre sus hijos un maestro, un médico o un sacerdote. La familia de hoy en cambio, motiva a sus hijos a elegir una carrera de futuro, entendiendo “carrera de futuro” aquella que le garantice un futuro estable tanto a nivel económico como social.

En una buena familia católica sigue siendo una aspiración tener un miembro que opte por la vida consagrada, religioso o sacerdote. Sin embargo, en medio de una sociedad consumista, no es de extrañar que, incluso en algunas familias católicas, suene como algo raro cuando un hijo o una hija le habla de ser llamado por Dios para consagrarse a Él, por medio de la vida sacerdotal o religiosa.

Al hablar de la vocación y familia debemos partir de la familia real, no de la familia ideal. Si nos centramos en la familia ideal, encontraremos pocas familias que cumplan con tal perfil.  Más bien nos fijamos en la familia real, que vive y crece en la fe confrontando todas las dificultades de la cultura moderna y a la vez viviendo el gozo, la felicidad de cada momento que le brinda esa misma sociedad. Como cristianos sabemos que el ideal de perfección, “sean perfectos” (Mt. 5, 48) más que una realidad es un objetivo que nos motiva a no quedarnos en los asuntos cotidianos y comunes, sino a dirigir nuestra mirada hacia lo transcendental. Es en la familia común y corriente, incluso de bajo perfil socioeconómico, donde comúnmente vemos surgir grandes hombres y mujeres que se entregan a la Iglesia.

En la formación de nuestros consagrados se insiste, y creo que es correcto, en la procedencia de la familia del candidato, se busca que vengan de familias estables y de buena práctica religiosa, sin embargo, no se puede limitar el llamado vocacional a la situación familiar, porque Dios llama a quien quiere sin fijarse en la condición de quien es llamado (1 Samuel 16,7). Cierto es que una familia que vive la fe, es el terreno más fecundo para que surjan y crezcan las vocaciones, no sólo a la vida consagrada, sino también a todas las profesiones existentes.

¿Cuál es el tipo de familia apropiado para el fomento de buenas vocaciones? Hacer un listado de tipos de familias sería un error, porque cada familia tiene una historia que sólo ella ha tenido que recorrer y frente a la realidad de la fe, toda caracterización puede quedar sesgada. Los caminos de Dios son trazados de manera distinta en cada persona y lo mismo vale para cada familia. Limitar el surgimiento de vocaciones a un tipo de familia es limitar el amor infinito de Dios. No obstante, tenemos que señalar ciertos ambientes familiares que hacen más favorable el crecimiento vocacional.

Las historias vocacionales indican que aquellas personas llamadas a prestar un servicio a la iglesia como consagrados, tienen detrás de ellas hechos que les marcaron la vida y de manera muy especial, traen consigo misma, actitudes, palabras, ejemplos dados por los padres. Quien es llamado necesita el apoyo incondicional de los progenitores.  Es en los padres donde está el origen de su vida y por tanto debe estar el origen de su vocación. Familias abiertas a la vida, son las que continúan la obra del creador (Gen. 9, 7).

San Juan Pablo II en su encíclica Centesimus annus No.  39, apela por la recuperación de la familia como santuario de la vida:

“Hay que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida”

Un análisis superficial de la rápida disminución de las vocaciones al sacerdocio y vida consagrada, no deja fuera la causa del creciente secularismo y disminución de la tasa de natalidad mundial. Menor cantidad de niños que nacen, menor es la posibilidad del crecimiento vocacional. Pero para no ser pesimista, dicho análisis arroja la realidad de la falta de personal joven en las otras actividades profesionales. En muchos países hay carencia de profesionales jóvenes, llegando el caso que han tenido que recurrir a políticas de migración favorable al ingreso de personas jóvenes para aumentar la posibilidad de crecimiento poblacional.

Las buenas vocaciones crecen también en aquellas familias donde los padres asumen como su responsabilidad amarse y respetarse durante toda la vida. Este compromiso, asumido en plena libertad, debe transparentarse en la vida diaria como reflejo mismo del matrimonio entre Cristo y su Iglesia (Ef. 5, 25). Los hijos deben llegar a expresar exultante de gozo, aquella frase expresada por los no creyentes al ver el sentido de amor y caridad de los primeros cristianos “¡miren como se aman!” (Tertuliano). Viendo el amor entre los padres, los hijos aprenden a amar.

El amor entre esposos llama e invita a la vida. Es un amor que engendra la vida para la vida. Los hijos son el fruto agradable de la unión matrimonial entre un hombre y una mujer. Esta unión emana desde el principio de la creación (Ge. 9, 7) y se prolonga hasta la muerte. Sin esta unión amorosa el llamado de Dios al servicio consagrado no encontrará la tierra fecunda donde lanzar la semilla vocacional. El acto conyugal no es simplemente una unión física, sino más bien el modo por el cual la persona “se realiza de modo verdaderamente humano” (Familiaris Consortio, 12). El amor entre los esposos se transmite hacia los hijos, y a su vez este fluye hacia el amor entre hermanos.

Y ¿qué decir del amor fraternal en el crecimiento de las vocaciones? Un clima de amor fraterno es el pie de amigo que necesita el joven llamado. Es conocido que el joven o la joven que vive en un ambiente fraternal crece con una afectividad sana y segura. Los hermanos bridan con su apoyo el espacio para compartir tristezas y alegrías, dudas y esperanzas. La fraternidad motiva el deseo de vivir tanto la vocación matrimonial, como el de la vida consagrada. Se cultiva el sabor de la convivencia fraternal, el cual, a su vez hace crecer la visión de una vida consagrada a los demás por amor. En el seno de la familia se expresa uno de los amores más puros: el de los hermanos, llegando incluso a convertirse en el modelo de amor al prójimo. Jesús mismo usó en muchas ocasiones la comparación del amor fraterno con el amor a Dios y lo hizo realidad convirtiendo dicho amor en amor hacia la comunidad. Jesús convierte en el amor en la única razón de perder la vida: “Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos (Jn 15, 13) y el fruto de esa entrega es la vida eterna (Jn 12, 24).

La familia como núcleo de vida y amor renueva en su día a día el compromiso del amor y la vida. Los padres engendran vida y ellos mismos van muriendo cada día por sus hijos y éstos a su vez, continúan dicha entrega desinteresada, ya sea al reino de Dios a través de la Iglesia viviendo la virginidad o el matrimonio (Familiaris Consortio, 11).