La vejez en tiempos del coronavirus

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Como el ubicuo virus afecta más adversamente a las personas de la tercera edad, se comprende que los ancianos se encuentren ahora más solitarios. Los aíslan por protegerlos.

De por sí, en tiempos normales muchos ancianos se sienten marginados; ahora, mucho más. Decía uno: “La vejez es la época de la vida en que uno ya lo sabe todo, pero nadie le pregunta”.

Ahora bien, cada cual cuenta de la fiesta como le va en ella. Abun­dan quienes se centran en los as­pectos mortificantes de la senectud. Además de la mencionaba so­ledad, también atormentan las ­limitaciones físicas. Con el paso y peso de los años se pierde masa muscular y ósea; también se deteriora la agilidad física y mental.

Nada más natural del mundo, pero quienes se rebelan contra la realidad, dando coces contra el aguijón (cfr. Hech 26,14), no ha­cen más que perder bienestar psicológico. Tampoco disfrutan de la edad otoñal quienes añoran dema­siado el pasado. Miran mucho ha­cia atrás, y hablan de sus buenos tiempos. Se llevan a pie juntillas del falaz refrán, “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Dicen, por ejemplo, “en mi tiempo los jóve­nes éramos serios y responsables, pero estos jóvenes de ahora…”

Mejor es mirar hacia adelante y tener proyectos entre manos, y, por supuesto, aceptar el ritmo len­to que imponen los años. Es pre­ferible fijarse en lo positivo. Hay ancianos que afirman estar viviendo la mejor época de sus vidas. Ya no tienen las presiones de la vida laboral y de levantar una familia.

Llegada la hora de la jubila­ción, se cuenta con más tiempo libre para disfrutar de los hijos y nietos, así como para cultivar las amistades. El jubilado puede hacer realidad sueños nunca realizados, como viajar, leer libros pendien­tes, asistir a eventos culturales o deportivos, y quizás aprender algo nuevo, como en el campo de la In­formática. Quizás se animen, aun­que no resulte fácil. Algunos ob­ser­vadores pesimistoides dicen que los viejos saben mucho, pero aprenden poco.

Hay un elemento de trascendencia que conviene subrayar. Mientras más años se acumulan, más cercano se vislumbra el fin de la peregrinación terrena. Eso hace que muchas personas de provecta edad se sientan tocadas por la gracia divina para intimar más con Dios. Tal vez tuvo razón Goethe al escribir, “el niño es realista; el jo­ven idealista; el adulto escéptico y el anciano místico”.

Eso explica que con frecuencia los mayores se hagan más asiduos a la iglesia y pasen más tiempo en un rinconcito de su hogar para en­contrarse con Dios mediante los ejercicios espirituales de devocion.

Quien goza de la aceptación y amor de Dios digiere más fácilmente los desaires involuntarios que le puedan hacer los más jóve­nes de su entorno. El anciano bien arraigado en Dios se siente feliz al experimentar que se contempla la realidad con más objetividad y claridad desde las cumbres de la vetustez que desde los valles de la mocedad.

Y se siente útil, porque puede practicar los apostolados del buen ejemplo, de la servicialidad, del buen consejo, de la oración y del ofrecimiento a Dios de las cruces inherentes a la tercera edad.