La santidad de los discípulos misioneros En el profeta, como en ningún otro, se da la unión tan necesaria entre acción y contemplación; en­tre oración y apostolado.

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Siempre que leo la primera lectura que la liturgia de la Palabra nos propone para este día me surge una pregunta: ¿Qué vería la mujer de Sunén en Eliseo para decir de él que es un hombre santo de Dios? Realmente no lo sé. Tal vez notaba algunos de los diez rasgos que Gabino Uríbarri, señala en el capítulo sexto de su libro Santidad misionera, elaborado a la luz de la exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la santidad (Gau­dete et exsultate). Se propone el autor en ese capítulo de su libro sintetizar el tipo de santidad que el Sumo Pontífice presenta en su ­documento. Yo, por mi parte, re­saltaré cuatro de los rasgos señalados por este autor y que tal vez la sunemita descubrió en Eliseo para considerarlo un hombre santo de Dios.

En primer lugar, tal vez aquella mujer notara en Eliseo una santidad alegre. Obviamente, nada tiene que ver con la alegría bullanguera de una vida dispersa. Sino que se trata de la alegría provocada por la consolación y misericordia experimentada. Esa alegría que no deja que callemos el don recibido y que a la vez reconforta y anima a pesar del cansancio y las fatigas. Es la alegría de saber que se está cum­pliendo con una misión que nadie más puede realizar, porque se trata de una encomienda personal de parte del Señor. Es la alegría que transita a la par del desgaste, impidiendo que este degenere en el síndrome del “quemado”. Cansancio, desgaste y fatiga son propios de un obrero de Dios, del discípulo mi­sionero. Cuando esas sensaciones se viven con alegría la consolación termina desplazando las reacciones airadas, agresivas y desesperadas.

¿Vería aquella mujer en Eliseo a alguien que asumía con la alegría del deber cumplido las huellas de­jadas en él por la fatiga de la mi­sión?

¿O tal vez notaría en aquel hombre una santidad apostólica? Es la segunda nota resaltada por Uríbarri en su libro. “Se trata –dice él– de una santidad de la acción”. Esto es, una santidad vivida en lo que se tiene que hacer diariamente, que no necesita contar con espacios y tiempos reservados, al estilo de los antiguos monjes del desierto. Nada tiene que ver con las condiciones excepcionales exigidas por una concepción de santidad que lleva al aislamiento. Lo más probable es que aquella mujer de la primera lectura de este día viera en Eliseo un hombre de Dios que hacía santamente lo que tenía que hacer.

De ahí se desprende un tercer rasgo señalado por el autor del libro ya mencionado, y que es una de las notas predominantes de la exhortación apostólica del Papa Francisco: Una santidad cotidiana. En los numerales que van del 6 al 18 de su documento el Papa desa­rrolla lo que significa esta visión de la santidad y que resalta nuestro autor. Se trata de una santidad que permea la cotidianidad de la vida. Que se manifiesta al ir de compras al supermercado, al encontrarse con un transeúnte mientras se ­camina por la calle; en el trabajo compartido con el compañero de labores; en las relaciones sencillas de la vida familiar. Esta santidad de la vida cotidiana nada tiene que ver con el esfuerzo que demandan las acciones heroicas como el martirio o el ejercicio misionero en lugares inhóspitos. Se trata de la santidad que se teje con los hilos de la simplicidad de la vida diaria.

Un cuarto rasgo que tal vez descubriera aquella mujer en el profeta Eliseo pudo ser una santidad orante. ¿Lo vería realizar su acción profética fortalecido por la “ora­ción constante”? Si la misión del profeta consiste en comunicar al pueblo lo que Dios le ha dicho pri­mero a él, seguro que la mujer de Sunén habría visto a Eliseo muchas veces en comunicación con Dios a través de la oración.

En el profeta, como en ningún otro, se da la unión tan necesaria entre acción y contemplación; en­tre oración y apostolado.

Al hablar de la santidad de los discípulos misioneros se impone aludir al número 148 del Docu­mento de Aparecida. Allí se nos dice: “Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad”. Por lo tanto, la santidad no es un añadido a la vida misionera, como la misión no es un anexo que se agrega al ser del discípulo. La santidad consiste en vivir la mi­sión, como la misión consiste en dar testimonio de que se es discípulo.