La sana educación de los hijos Ni desinterés ni sobreprotección

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Los especialistas en psicología suelen afirmar que en la vida no podemos ser ni totalmente flexibles ni totalmente inflexibles. Como sabemos, existen personalidades “psicorrígidas”; son aquellas negadas a cambiar de actitud o de parecer, a pesar de las más razonables evidencias; piensan que mo­dificar una opinión o un modo de ser constituye un acto de debilidad o de claudicación, cuando en realidad, es un acto de inteligencia saber rectificar, escuchar y asumir que podemos equi­vocarnos. Este principio inicialmente esbozado es muy im­portante para la educación sana e inteligente de los hijos, en esta y en cualquier época.

Nuestro modo de ser pa­dres, aunque muchas veces no nos demos perfecta cuenta, condiciona el propio mo­do de ser de nuestros hijos. Según actuamos con ellos y ante ellos, podemos convertirlos en caprichosos o egoístas, agresivos o antisociales o, por el contrario, equilibrados, independien­tes, autónomos o solidarios. Los hijos son, en gran medida, como nos enseña la psicología, aquello que los pa­dres proyectamos sobre ellos. Más que su dotación biológica, son, en gran me­dida lo que le proporciona­mos a través del ambiente familiar, educativo y social.

Como nos recuerda José Francisco González Ramí­rez, psicólogo español: “To­dos los niños necesitan saber que sus padres les quieren, pero también deben aprender que no pueden hacer todo lo que se les antoje”. Y a este respecto, propone seis reglas básicas para pautar una sana educación de los hijos, a saber:

1.- Demostrar amor

2.- Establecer reglas claras

3.- Ser consecuentes y flexibles

4.- Fijarse más en lo po­sitivo que en lo negativo

5.- Corrección sin excesos

6.- Más vale prevenir. “Para los hijos, toda la ternura que haga falta, pero que también comprendan desde su más temprana edad que el hogar es un recinto protector con reglas y lími­tes.”

Una carta famosa, “De un hijo a todos los padres del mundo”, de autor anónimo, nos puede ayudar en este mes de la familia y siempre, a reflexionar en torno a la importancia de ser mesurados, equilibrados y coherentes en nuestros mo­dos de educar a nuestros hijos.

He aquí su contenido:

“No me des todo lo que te pido. A veces te pido sólo para ver hasta cuándo pue­do coger. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a mí también, y yo no quiero ha­cerlo… No me des siempre órdenes. Si en vez de órde­nes a veces me pidieras las cosas yo lo haría más rápido y con más gusto. Cumple las promesas, buenas o malas.

Si me prometes un premio, dámelo. Pero también si es castigo…

No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si tú me haces lucir mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces lucir peor que a los demás, seré yo quien sufra.

No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer, decide y mantén esa decisión. Déjame valer­me por mí mismo. Si tú haces todo por mí, yo nunca podré aprender. No digas mentiras delante de mí ni me pidas que las digas por ti, aunque sea para sacarte de apuro. Me haces sentir mal y me haces perder la fe en lo que me dices.

Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti y me enseñarás a admitir mis equivocaciones también…

Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con que tratas a tus amigos… No me digas que haga una cosa y tú no la haces. Yo aprenderé y seré siempre lo que tú hagas aunque no lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.

Y quiéreme y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesa­rio decírmelo”.