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Dios quiere entrar en contacto con los hombres, desea entablar un diálogo con nosotros a fin de realizar la historia de la salvación, comunicándonos así su vida divina. A esta iniciativa la llamamos Revelación, ya que por medio de ella Dios se nos ha manifestado, indicándonos quién es Él, y quiénes somos nosotros, y cuál es su plan y proyecto sobre toda la humanidad y la creación entera.

Esta revelación se lleva a cabo a través de obras y palabras íntimamente ligadas. Por una parte, las obras que Dios realiza en la historia manifiestan y confirman lo que las palabras anuncian; y a su vez las palabras proclaman las obras y explican su sentido profundo. Por ejemplo, Dios en el Antiguo Testamento (AT) no sólo anunció a los israelitas su proyecto de liberarlos de la esclavitud egipcia (Ex. 3), sino que también de hecho los liberó y sacó de Egipto (Ex. 12-15). En el Nuevo Testamento (NT), por ejemplo, Jesús multiplica los panes y luego se nos revela como el Pan de Vida, explicando así el signo que había realizado (Jn. 6). Declara también que él es la resurrección y la vida, y de hecho resucita a Lázaro (Jn. 11). De esta forma captamos mejor que Dios se revela a través de obras y palabras íntimamente ligadas.

Esta revelación que se fue realizando paulatinamente por diversos mediadores, y que tiene su plenitud y perfección en Cristo Jesús. Está consignada por escrito en los libros de la Biblia. Allí se nos narra esa historia de salvación, se nos cuentan las obras maravillosas que Dios ha realizado y la respuesta que los hombres hemos ido dando a Dios. En la Biblia, pues, encontramos esta Palabra que Dios, a lo largo de la historia, ha comunicado a la humanidad.

Puesto que la Revelación es progresiva, en el AT encontraremos muchos elementos imperfectos y pasajeros que nos van manifestando la pedagogía divina que nos lleva de la mano hasta Cristo Jesús. Por ejemplo, el juicio que se tiene sobre la enfermedad, la muerte, la pobreza, como castigos de Dios, va evolucionando en el mismo AT y encuentra un sentido totalmente diverso a la luz de Cristo.

LA REVELACIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

La finalidad del Antiguo Testamento fue preparar la venida de Jesucristo, salvador de toda la humanidad. Esta preparación Dios la llevó a cabo junto con su pueblo elegido de muchas formas: a través de promesas, alianzas, profecías, imágenes, acontecimientos, etc.

De esta manera el pueblo, poco a poco, fue experimentando la cercanía de Dios que se revelaba en su historia y que le iba manifestando la futura salvación –total, definitiva y universal– con el advenimiento del reino mesiánico. Así podemos afirmar que el tiempo del AT es el tiempo de la promesa, de la profecía y de la imagen, es decir, el tiempo de la preparación.

Dios, se fue revelando a través de obras y palabras íntimamente ligadas. Acontecimientos como la llamada de los patriarcas, la salida de Egipto, la conquista de la tierra, el destierro o exilio en Babilonia iban revelando a un Dios ligado a nuestra historia, a un Dios que tomaba partido por el débil, que se mantenía fiel a sus promesas, que castigaba las fallas a la alianza.Pero los acontecimientos eran interpretados a través de las palabras, fruto de una fe reflexionada constantemente. En este punto los profetas ocupan un lugar clave como intérpretes de Dios: reciben su palabra y la transmiten al pueblo en orden a que los hombres de su tiempo se acerquen más al Señor y a sus hermanos y vivan de acuerdo a las cláusulas de la Alianza.