LA PASCUA DE MIGUEL JOSE Y DE LUCAS

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Padre William Arias

Los creyentes no celebramos la muerte sino la vida, pues seguimos a uno que triunfo sobre la muerte para darnos vida eterna. Pues lo propio de los hijos de Dios es la vida, parte de la cual comienza en este mundo y continúa en su presencia y se eterniza, la muerte solo se convierte en una especie de puente entre esta vida en pequeño y la vida en plenitud en la presencia de nuestros Dios y Señor, por eso la muerte es paso, es pascua, pasamos de esta vida en ´´chin´´ a la vida en abundancia y por siempre.

Pero a pesar de esta convicción de fe, la muerte siempre nos sorprende y entristece, pues somos humanos, ella es corte de nuestras relaciones humanas y de amor con aquellos que van caminando junto a nosotros al encuentro del Señor. Algo así nos ha pasado en la Pascua de los Padres Miguel José Vázquez  y Lucas Lafleur, ambos Misioneros del Sagrado Corazón. El primero de manera sorpresiva, inesperada, fruto de un infarto fulminante y el segundo ya víctima de los achaques de los años, pero muertes en sí, ambos amigos con los cuales hemos compartido vida y camino pastoral en este responder al llamado de Dios a través del sacerdocio, para expandir la semilla del reino y esperanza a los hombres y mujeres de este mundo.

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A Miguel José le conocí desde los años de Seminario, le llamaba como todos ´´pequeño´´, hasta el día de su ordenación, compartimos experiencias de estudios, inquietudes acerca de la Iglesia, lecturas y visiones teológicas desde nuestra realidad latinoamericana y gracias a él, por iniciativa suya me convertí en colaborador en cuanto a la parte bíblica de la revista Amigo del Hogar, la cual bien dirigía hasta el día de su muerte. Su amigo y hermano, igual amigo nuestro, P. Juan Tomás García, superior actual de los misioneros, me decía, cuando hablando le pregunté que si Miguel José sufría del Corazón o de algo, que de lo único que el sufrió fue de ser buena gente y servidor. Es lamentable su muerte  humanamente, pues era una persona de muchos valores, de gran preparación y seriedad en su trabajo y en su sacerdocio, ojalá que el Señor suscite en su congregación y en nuestra Iglesia gente como él, que puedan hacer que la obra de Cristo continué y logre su finalidad en este mundo.

Sobre Lucas comencé a conocerle y compartir a partir de los encuentros nacionales del II Plan Nacional de Pastoral, le correspondía coordinar esos encuentros, lo hacía con dinamismo y suma dedicación, y sobre todo con sus chistes de siempre; luego vino a trabajar a Santiago y fue nombrado Vicario de Pastoral, eran los años del inicio del III Plan Nacional de Pastoral, le acompañe en los primeros pasos  y supe ver su amor hacia la pastoral, el afán de un sacerdote serio en su trabajo y dedicado al quehacer pastoral de su parroquia y de la Iglesia, fue un gran testimonio entre nosotros, algo que corroboré que no fue solo  así en Santiago, sino donde quiera que trabajó, después de leer sus memorias recientemente publicadas. La última vez que estuvo en Santiago, me ánimo mucho y hasta dijo cosas muy estimuladoras ante un grupo, sobre mi tarea de Vicario de Pastoral la cual él bien conocía, hasta sonrojarme. Se marchó un hombre que no nació en este país, pero lo amó más que muchos de nosotros, que tuvo visión de lo que es y debe ser la Pastoral en nuestra Iglesia y lo hizo, y tubo éxito, dejándonos un legado y un compromiso de trabajo a los que como él están dispuesto a dar el todo por la obra de Cristo y por la Iglesia.

Miguel José y Lucas han vivido la pascua de Cristo, han pasado de esta vida a la vida por siempre en Dios, fueron misioneros, sacerdotes enviados a anunciar el reino y desde sus lugares de misión lo hicieron, nos entristece su partida, pero nos estimula y compromete su ejemplo, hasta que lleguemos de nuevo a encontrarnos con ellos en el lugar del consuelo, de la luz y de la paz.

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