La irónica entrada de Jesús en Jerusalén

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Cada año, antes del comienzo de Semana Santa, los católicos celebra­mos el llamado “Domingo de Ramos”, donde con palmas recrea­mos la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén, para darse allí su posterior muerte. Algunos interpretan este acto como algo provocador por parte de Jesús, que abre o engrosa el conflicto con las autoridades judías del momento, pues Jesús es recibido como todo un personaje aclamado por el pueblo, y los rápidos sucesos dados en esos días, hacen que se formule la conjura contra él, pues se ve en Jesús un problema del cual hay que salir rápidamente, una amenaza para su sistema socio-religioso y su influencia y poder sobre la gente.

Pero tal vez en la entrada de Jesús aclamado por la gente hay algo más, que irrita y provoca, por lo menos a las autoridades judías, pero nada sabemos de las romanas, que serán el brazo ejecutor de la trama mortal contra Jesús.

El texto que nos habla de este he­cho es común a los cuatro evangelios (Mc 11,1-11; Mt 21,1-11; Lc 19,28-38 y Jn 12,12-16). En los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) Jesús lleva tiempo predicando en la Galilea y pueblos vecinos y ahora llega a Jeru­salén, con toda su fama hasta ese momento, y de ahí la razón de ser de su recibimiento, mientras en Juan, ya él había estado en varias ocasiones en la ciudad y había tenido encuentros fuertes con los judíos de enton­ces, el asunto es que desde esta óptica el relato resulta un tanto proble­mático. Unos se inclinan por la in­tencionalidad literaria y teológica de los sinópticos y otros por el hecho de que seguro Jesús fue en varias ocasiones a Jerusalén, y esto explicaría la razón de ser del conflicto que ha­bía sido ya cultivado y ahora llegaba a su climax.

Pero, volviendo al relato en sí na­rrado en los cuatro evangelios, en los sinópticos la similitud es palpable, pues al parecer Lucas y Mateo lo toman de Marcos, con las variantes que hace Mateo en cuanto a la burra y la cita del profeta Zacarías (9, 9), que también la menciona Juan; los tres dan unos detalles geográficos concretos y los cuatro coinciden en la aclamación del “hosanna” y de­más vociferaciones para Jesús y de que monta en un burro joven.

Mar­cos y Mateo hablan de que la gente toma ramas y follaje de los árboles. Lucas solo de que extienden su man­to. Y Juan es el que habla de ramas de palmeras, en nuestro caso de palmas.

Para los conocedores y estudio­sos de las épocas antiguas, de los tiempos de los imperios, saben que cuando el emperador, un rey o alguna autoridad importante iba a entrar a la ciudad, era recibida con aclamaciones de la gente, un tanto forzada a ir a hacer eso, o de buena gana, a la entrada de la ciudad, se le daban gritos de recibimiento y también usaban ramas o alguna tela en las ma­nos. Así es recibido Jesús, como alguien importante, como autoridad, por eso el recelo o comentario al final del texto, con excepción de Marcos. El recibido y aclamado, en ese entonces, iba montado en un portentoso caballo o en una carroza bien decorada.

En el caso de Jesús, este va montado en un “burriquito”, que era la montura de los pobres, Juan y Mateo dicen para que se cumpla o como dice la Escritura en el libro del profeta Zacarías ya citado. El hecho es provocador en sí, pero no tanto por la gente, pues seguro quienes estaban allí, en su mayoría era gente de la Galilea, no de Jerusalén, que eran los que conocían a Jesús y estaban allí por la proximidad de la fiesta de Pascua, yendo a cumplir algún precepto al templo de Jerusalén. Es sobre todo por el cómo y en qué entra Jesús a la ciudad, y de ahí lo irónico: él entra como toda una auto­ridad, como un rey, pero no de la for­ma como lo hacían, sino en un burro, y al parecer las autoridades, en este caso sabemos de las judías, captan el mensaje, pues Jesús se bur­la, critica y denuncia irónicamente lo que se mueve en Jerusalén y entre sus autoridades con su entrada so­lemne, pero irónica, en la ciudad.