La grandeza de ser agradecidos

0
427

[email protected]

Un amigo muy querido me recuerda siempre, con sobrada razón, que si tomando un cuaderno de considerable número de páginas nos dispusiéramos, con la debida paciencia, a confeccionar una lista de todos los que nos han hecho bien a lo largo de nuestras vidas, muy probablemente faltarían páginas para completar a conciencia la misma.

Debemos tanto a tantos que en ningún corazón humano debería aposentarse la ingratitud, comenzando por Dios, el Divino Hacedor, que derrama a torrentes sobre nosotros sus bondades, comenzando por la vida, el regalo más invaluable.

Por eso, y valga esta nota al margen, aunque siempre he sentido especial predilección por la canción ¡Gracias a la Vida!, que, aunque interpretada por muchos otros  artistas, en la voz inconfundible de Mercedes Sosa conserva su acento inconfundible, desde mi modesta aproximación de creyente he pensado y creído que le falta algo, lo esencial: y es que agradecer lo que la vida nos ha regalado debería partir de agradecer, ante todo a Aquel que nos la ha regalado.

La lista debería continuar por nuestros padres, nuestros vecinos, nuestros profesores, nuestros amigos y, como recalca mi amigo a quien he hecho referencia al iniciar estas líneas, por todos aquellos que le han hecho favor o han tenido un gesto de bondad para uno de los nuestros, ya sea familiar, amigo o conocido…! que larga sería la lista!

En el cultivo de las virtudes humanas que cada día se torna preciso fomentar en nuestras familias, en nuestras escuelas, en nuestra sociedad, ha de tener un lugar preponderante la gratitud. Iniciando con gestos sencillos como el dar las gracias por cada servicio o atención que los demás generosamente nos dispensan.

Cuan triste, y por demás expresión de carencia educativa, es contemplar la indiferencia de quien recibiendo un servicio, sin importunar su magnitud, da la callada por respuesta, sin expresar siquiera una leve sonrisa. Iniciando por el hogar, donde debería de una vez y para siempre desterrarse el criterio de que cuando uno de los nuestros nos ayuda (esposa, esposo, hijos servicio doméstico) se trata de un deber y no de un acto de amor que debe ser correspondido con nuestra gratitud. ¡Cuánto hiere y nos empequeñece la ingratitud!

Una dimensión de la gratitud que en mi modesto criterio se torna imprescindible recuperar para formar cabalmente la conciencia ciudadana, muy especialmente en nuestros niños y jóvenes, es lo que cabe denominar la gratitud intergeneracional. Hace referencia a lo mucho que hemos recibido de nuestros antepasados; tantos bienes y servicios de los que disfrutamos hoy y que nos han venido dados para nuestro disfrute gracias a la generosidad de quienes nos precedieron y que por el mismo motivo debemos acrecentar y mejorar para el bienestar de quienes nos sucedan.

En este punto me resulta imposible olvidar una profunda reflexión del notable filósofo español Don Julián Marías en una de las entrevistas concedidas a una importante revista de pensamiento español. Afirmaba Don Julián que una de las cosas que más le preocupaba de la sociedad española actual era la ingratitud de las actuales generaciones. Palabras más palabras menos afirmaba  que hoy, cuando un joven español abría una llave de la que obtiene el agua para sus necesidades entendía que este servicio le corresponde por derecho, lo que no está del todo mal si parejo con ello tuviera la conciencia de que el primer acueducto de Madrid se inauguró en 1920 y que antes de ello eran incontables las peripecias que debía pasar una familia para que el agua llegara a su casa.

Lo afirmado por Don Julián vale para cualquier país y el nuestro no es la excepción.

El gran teólogo Karl Barth afirmó que “la respuesta humana básica no es el miedo ni la culpa sino el agradecimiento”. Y se preguntaba: ¿Qué otra cosa podemos sentir ante todo lo que Dios nos da sino un tartamudeante orgullo? “

El Psicólogo y Profesor Universitario Robert A. Edmonds, de la Universidad de California, ha escrito, con base en dilatadas investigaciones, ha escrito un libro extraordinario titulado “Gracias! de Cómo la gratitud puede hacerte feliz” (Ediciones Bailén, Barcelona, 2008). Es un texto fundante de lo que hoy se denomina “Psicología de la Gratitud”.

En su introducción afirma Edmons que “…como seres humanos, hemos contraído una deuda. No se trata de una deuda monetaria, aunque ése sea también el caso para muchos de nosotros, sino de una deuda personal y emocional hacia todos aquellos que nos han ayudado en nuestro viaje. Desde la cuna a la tumba, tenemos una deuda con número incontable de individuos que nos ayudan a ser lo que somos y de quienes dependemos”.

La virtud de ser agradecidos nos hace trascender y ver a Dios aún en las más difíciles circunstancias. Edmonds cita el conmovedor testimonio de uno de sus entrevistados. Un hombre de 48 años con distrofia muscular, quien escribió:

¡Doy gracias todos los días! La mayoría de las veces es muy difícil sentirte débil. No obstante, sentirse débil mantiene firme mi perspectiva y me acerca más a Dios. Sé que Dios tiene un plan para mí.

Y parte de ese plan es ser débil para que los otros puedan ser fuertes. Parte de ese plan es que mi fe pueda hablar más alto porque ven que sigo adelante con la dificultad. Me da miedo el futuro, y al mismo tiempo, sé que por muy asustado que esté, Dios me ayudará a seguir adelante. No tengo miedo a la muerte. Cada día que pasa, la lucha me da más miedo que la idea de ir al cielo. Por eso sigo aquí, tratando de hacer lo que Dios quiere que haga. Todos los días me siento agradecido!