La espiritualidad del fiel laico

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545 Los fieles laicos están llamados a cultivar una auténtica espiritualidad laical, que los regenere como hombres y muje­res nuevos, inmersos en el misterio de Dios e incorporados en la socie­dad, santos y santificadores. Esta espiritualidad edifica el mundo se­gún el Espíritu de Jesús: hace capa­ces de mirar más allá de la historia, sin alejarse de ella; de cultivar un amor apasionado por Dios, sin apar­tar la mirada de los hermanos, a quie­nes más bien se logra mirar como los ve el Señor y amar como Él los ama. Es una espiritualidad que rehuye tan­to el espiritualismo inti­mista como el activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere uni­dad, significado y esperanza a la existencia, por tantas y diversas ra­zones contradictoria y fragmentada. Animados por esta espiritualidad, los fieles laicos pue­den contribuir, «de­sempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico… a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida ».1144

 

546 Los fieles laicos deben fortalecer su vida espiritual y moral, madurando las capacidades requeridas para el cumpli­miento de sus deberes sociales. La profundización de las motivaciones interiores y la adquisición de un estilo adecuado al compromiso en cam­po social y político, son fruto de un empeño dinámico y permanente de formación, orientado sobre todo a armonizar la vida, en su totalidad, y la fe. En la experiencia del creyente, en efecto, «no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida “espiritual”, con sus valo­res y exigencias; y por otra, la deno­minada vida “secular”, es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura».1145. La síntesis entre fe y vida requiere un camino regulado sabiamente por los elementos que caracterizan el itine­rario cristiano: la adhesión a la Palabra de Dios; la celebración litúrgica del misterio cristiano; la oración perso­nal; la experiencia eclesial auténtica, enriquecida por el particular servicio formativo de prudentes guías espirituales; el ejercicio de las virtudes so­ciales y el perseverante compromiso de formación cultural y profesional.