La Encíclica Evangelium Vitae: Origen y motivación

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SEGUNDA PARTE

 

Es indudable que la vida humana es un bien sagrado el cual es necesario siempre custodiar, defender y promover sin que exista bajo nin­gún concepto su violación. Es atinada pode­ro­samente la idea ex­pre­sada por el papa Juan Pablo II en la EV: «La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e im­pronta, participación de su soplo vital. Por tan­to, Dios es el único Señor de esta vida: el hombre no puede dis­poner de ella»7.

El hombre no puede disponer a fuerza de voluntad de su propia vida de la cual no es “propietario absoluto”, sino que, al contrario, es quién está llamado a custodiarla en nombre de Dios. La administración de esta vida ha de hacerse responsablemente, haciendo refe­rencia siempre al Crea­dor, quien es la fuente de este don que se recibe. Por lo tanto, la vida es un valor supremo en la cual «la manifestación de la vida físi­ca humana constituye para el hombre un bien fundamental y prima­rio, en cuanto ésta es condición de posibilidad para la realización de todos los otros bie­nes de la persona»8.

Otro elemento que exige la sacralidad de la vida humana es también la inviolabilidad de esta, que se encuentra inscrita en la conciencia de cada persona de forma inherente.

La encíclica acentúa las verdades que pro­vie­nen del Evangelio de la vida, sobre cir­cuns­tancias humanas que están en situacio­nes delicadas como son: la generación, la enfermedad y el sufri­miento, la muerte. Ofreciéndonos también aquellas actitudes fundamentales que debemos tomar ante la vida como el respeto y el cuidado, el don, la aco­gida y la solidaridad. En este sentido se pue­de afirmar que lo que se quiere plantear con es­tas actitudes fundamentales no es más que precisar que «la conciencia de que los preceptos morales necesitan ser precedidos y contextua­lizados por el anuncio evangélico de un signi­ficado nuevo, que atra­viesa y renueva al ser humano»9.

Exigencia ética fundamental.

En su orientación sobre la cultura de la vida, la encíclica no pretende otra cosa que dar realce a una de las dimensiones éticas más preponderante del Evangelio como lo es el mensaje de la vida. Ha de tenerse en cuenta que sólo desde una ­perspectiva antropolo­́gica que no busque re­ducir y fragmentar el respeto que se debe dar a la vida humana y, con la apertura a la trascendencia, se entiende cla­ramente el por qué nos preguntamos seria­men­te sobre el sentido de la vida misma. «Al perder el sentido de Dios, también tendemos a perder el sentido del hombre, de su dignidad y su vida»10.

La encíclica quiere mostrarnos claramente que la verdad sobre la vida humana, sin ex­cep­ción alguna, sólo puede ser confirmada de manera adecuada en la coherencia del misterio cristiano, es decir, en la persona, la pala­bra y la vida de Jesús. Una regla de oro que debemos sostener sobre la vida humana es que nunca puede ser usada como si fuera un bien instrumental (de mane­ra negativa), ésta ha de tener su valor en sí mis­ma (de manera positiva). Podríamos hacer el análisis de este enun­ciado anterior por me­dio de dos formas esenciales: «a) respetar o valorar la dignidad de la vida humana exige salvaguardar su identidad corporal; y b) res­petar la vida humana es afirmar que nunca pue­de ser tratada como medio»11.

La persona humana es intrínsecamente un bien que no es relativo a ninguna otra forma, es decir, es un bien en sí mismo, por lo tanto, la vida no puede ser utilizada como medio para llegar a emplearse co­mo un algo. La persona por la naturaleza que le constituye no puede ni debe ser utilizada como algo meramente instrumental. La base fundamental y trascendental de la dignidad humana tiene su cimiento y raíz, en la magnífica acción creadora de Dios que impregna el alma individual a cada ser huma­no. Por lo tanto, siempre que se atente o se amenace la vida, no son sólo actos en contra de la persona como tal, sino también contra el Creador.

La dignidad humana es la garante por excelencia que asegura que la persona no sea utili­zada como un objeto, ni manipulada en los ca­sos en donde se busque un fin externo a ella.

Nunca será justa la lesión de la dignidad de la persona, tanto en su dimensión espiritual como en su componen­te corporal, para alcanzar una mejora del bie­nestar social, una ma­yor calidad de vida, el perfeccionamiento de la especie humana, o cualquier otra finalidad externa a la propia persona. La persona, la vida humana no son bienes de los que los demás pueden “disponer”: a nadie corres­ponde determinar quién debe vivir o morir12.

Una realidad que de­bemos seguir reiterando es que la propuesta de la EV sobre la vida es tomada e iluminada desde el Evangelio mis­mo. En medio de los grandes desafíos que se nos presentan y que menoscaban la vida, se hace evidente fortificar la defensa de la vida humana. Si observamos también en el ámbito de la tecnología es cierto que viene cargada de nuevas y sofisticadas formas de atentados contra la vida; pero más aún, a pesar de esto, es mucho más peligrosa la cultura con la que éstos atentados se quieren perpetrar. Existe un criterio ético a tomar en cuenta en las intervenciones técnicas sobre el hombre y es el respeto de la dignidad de cada persona.

También existe un criterio ético elemental que es tratar siempre al ser humano como un fin. Por ejemplo, en este sentido la encíclica hará referencia al tema del aborto y de la euta­nasia y nos dirá que:

Una de las características propias de los atentados actuales contra la vida humana consiste en la tendencia a exigir su legitimación jurídica, como si fuesen derechos que el Estado, al menos en ciertas condiciones, debe reco­nocer a los ciudadanos y, por consiguiente, la tendencia a pretender su realización con la asistencia segura y gratuita de médicos y agentes sanitarios13.

En este sentido la EV contrarresta aque­llos argumentos que se plantean a favor de le­gitimar estas prácticas deteniéndose de manera especial en el derecho a utilizar para ello la objeción de conciencia. Siendo así que este conflicto se estudia en el marco de la relación entre ley civil y la ley moral.