La Biblia en la familia

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“El que ahorra el castigo a su hijo no lo quiere, el que ama se dedica

a enderezarlo” (Prov 13, 24).

 

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La Biblia comienza en Génesis con el matrimonio de un hombre y una mujer y termina en el libro del Apocalipsis, con el matrimonio de Cristo y su novia la Iglesia. La familia está enraizada en la realidad antropológica del ser humano y por lo tanto también en la Biblia encontramos elementos iluminadores para esta realidad. Comenzando por el Antiguo Testamento, encontra­mos que el libro del Génesis nos presenta el ideal que Dios tiene de la pareja humana. Nos narra dos re­latos de esta creación:  Gn 2, 18-22 y Gn. 1, 26-27, y los dos son frutos de la palabra creadora de Dios: “Dijo Dios”. Los creó iguales en dignidad y les dijo: “Crez­can y multiplíquense, dominen la tierra y cuanto contiene…” Ubicados en estos primeros tiempos (en el tiempo del Éxodo), debemos saber que Dios comenzó el proceso de revelación bíblica a partir de experiencias familiares. “El Dios de los padres” es un Dios fami­liar que está íntimamente ligado con lo primordial del grupo fami­liar: Nacimiento, vida de los hijos, relaciones y tensiones entre espo­sos, mujeres, hermanos, parientes.

Los profetas han usado el matrimonio (inicio de la familia) como símbolo de la alianza de Dios con su pueblo: Oseas: testimonio de fidelidad. Jeremías: usa la imagen del adulterio. Ezequiel y el 2do. Isaías: al pueblo lo compara con una niña recién nacida; el otro, con una mujer abandonada.

Pero es en los libros sapienciales de la Biblia que se nos muestra una faceta profundamente humana de la familia. En ellos se acentúa la gran­deza del amor conyugal y el relieve que toma la mujer como ayuda y compañera. Se da especial atención a los padres ancianos y a la educa­ción de los hijos.

Los autores sapienciales descri­ben lo que significa una mujer en la vida del hombre: “Quien encuentra mujer, encuentra un bien, alcanza favor del Señor (Prov 18,22), “Vale mucho más que las perlas” (Prov 31, 10). Resaltan su papel dentro de la casa y cómo armonizan el hogar (Prov 31, 10-31). En el libro del Eclesiástico vale destacar el elogio a los esposos unidos (Eclo 26, 1-4.13.16-17).

Los libros sapienciales están llenos de normas sobre la educa­ción de los hijos, de la alegría que los hijos traen a la familia: “Si un padre llega a mo­rir, es como si no hubiera muerto, porque deja tras de sí a un hombre que se le pa­rece. Cuando vi­vía, al verlo se re­gocijaba, al morir no se siente apenado”. (Eclo 30, 4-5). Elogia el camino del rigor: “Corrige a tu hijo: te ahorrarás in­quietudes y hará la felicidad de tu alma” (Prov 29, 19). “El que ahorra el castigo a su hijo no lo quiere, el que lo ama se dedica a endere­zarlo” (Prov 13, 24). “Mientras haya espe­ranza, castiga a tu hijo, no dejes que vaya a la muerte” (Prov 19, 18). “El palo y la represión pro­curan la sabiduría, y el niño dejado a sus caprichos es vergüenza para su ma­dre” (Prov. 29, 15). Además, los libros sapienciales ponen de manifiesto que dentro del espíritu fami­liar de Israel, se ponía un especial énfasis en honrar a los padres, a ellos se le daba una especial fuerza religiosa. “Quien honra a su padre paga sus pecados; y el que gloría a su madre se prepara un tesoro. El que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos y, cuando ruegue será escuchado.  El que glorifica a su padre tendrá larga vida. El que obedece al Señor da descanso a su madre y, como a su Señor, sirve a quienes le dieron la vida” (Eclo 3, 3-7).

Y se insistía en la atención a los padres ancianos: “Hijo cuida a tu padre en su vejez y mientras viva no le causes tristeza, si se debilita su espíritu, perdónale, y no le desprecies, tú que estás en plena juventud. Pues la caridad para con el padre no será olvidada, te servirá como reparación de tus pecados. (Eclo 3,12-14).

Estas sentencias entran dentro de la línea bíblica de atención prefe­rencial a los necesitados, ya que a veces no hay prójimo más necesitado que los propios padres ancianos.