Junto a la esperanza, la paciencia

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Pienso que, junto a la esperanza, el adviento, sobre todo el escatológico, interpela nuestra paciencia, en­tendida esta como perseverar en la lucha. En efecto, una esperanza activa, tal como debe ser la esperanza cristiana, no puede pensarse ni vivir­se desvincula de la paciencia.

La perseverancia en la lucha debe contar en todo momento con la posibilidad de la frustración. Sí, nuestra esperanza puede verse frustrada, ¿o es que nuestra espera tiene alguna potestad sobre Dios? Se me dirá que Dios no puede defraudarnos –ese es el contenido de la fe-; es cierto, pero eso no quiere decir que Dios “tenga” que cumplir lo que esperamos, ni cuando lo esperamos. No se espera a Dios como quien espera el autobús, sino como quien vigila por si apare­ce el ladrón en la noche. ¿Acaso no es eso lo que nos dice el evangelio? El autobús sabemos a qué hora va a pasar, al menos en los países donde el transporte público está bien organizado; pero de Dios no sabemos ni el día ni la hora. Por eso hay que estar en vela.

Sobre la paciencia ha escrito un enjundioso estudio Alan Kreider. La considera “el sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio Ro­mano”. Es ese precisamente el subtítulo que ha colocado a su obra, titulada La paciencia. Afirma que fue la primera virtud a la que los cristianos de la iglesia naciente dedicaron un tratado, los cuales llegaron a consi­derarla “la virtud más excelsa”, “la mayor de las virtudes” y la virtud “especialmente cristiana”. Descubre cómo a través del ejercicio de la pa­ciencia aquellos primeros cristianos buscaban “no pretender controlar los acontecimientos, no angustiarse ni tener prisa, y no recurrir a la fuerza para lograr sus metas”. Perseverar en la lucha, por consiguiente.

Ha señalado Kreider lo sorprendente que resulta que en los primeros siglos del cristianismo no haya un solo tratado sobre evangelización y que sí tengamos testimonio de por lo menos tres sobre la paciencia. Uno se lo debemos a Tertuliano (La pa­ciencia), otro a Cipriano (Sobre el bien de la paciencia) y el tercero a Agustín de Hipona (Sobre la paciencia). El libro de Tertuliano constituye, a su juicio, “el primer tratado cristiano dedicado a una sola virtud”. En él exhorta a los cristianos a que vivan “de acuerdo con los preceptos de Jesús”, desgastando a sus opresores a base de paciencia. “Que canse tu paciencia a la maldad”, po­dría ser el lema del pensamiento que allí se recoge.

Cuando Cipriano escribe su propio tratado sobre la virtud de la pa­ciencia, siendo obispo de Cartago, los cristianos de allí habían sufrido cruentas persecuciones. Muchos vivían desalentados y habían perdido la esperanza. Su paciencia evidentemente estaba en peligro. Por eso de­cide escribir sobre esta virtud, resal­tando el bien que hace a los hombres ejercitarse en la misma; de ahí que titule su obra Sobre el bien de la paciencia. Con ello dejaba claro que la paciencia es un bien de suma im­portancia para la vida de los hombres, especialmente cuando tienen que afrontar circunstancias adversas.

Tanto para Tertuliano como para Cipriano la paciencia hunde sus raíces en Dios. Él es el modelo de paciencia. Y Jesucristo es la encarnación misma de dicha virtud. Por eso los cristianos están llamados a vivirla a semejanza de ellos.