Jesús: El amor que triunfa sobre el mal, el dolor y la muerte

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PRIMERA PARTE

Con la festividad litúrgica del Domingo de Ramos, la entrada ­triunfante de Jesús en Jerusalén, iniciamos en la comunidad cristiana la celebración del Triduo Pascual: El sublime misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, culmen y esencia de nuestra fe.

¡Cuánta significación revisten estos días sagrados, preñados de lecciones hondas y provechosas, no sólo para el cristiano sino también para cualquier persona de buena voluntad que, sin necesariamente profesarse creyente, esté abierto a la reflexión sobre las grandes realida­des existenciales que hoy, y a lo lar­go de los tiempos, han constituido objeto de preferente atención en el ámbito bíblico, filosófico y huma­nístico!

¿Por qué el mal?, ¿Por qué el dolor?, ¿Por qué la muerte?, ¿Por qué nos acompaña como condición intrínseca y esencial la fragilidad?; ¿Han de quedar truncadas para siempre las aspiraciones más no­bles, los más caros afectos, los más hondos anhelos de felicidad y pleni­tud?, ¿Existe respuesta al sufri­miento humano?

No pocas son las reflexiones en que el enigma del mal, el dolor y la muerte ha llevado a muchos, cre­yentes y no creyentes, a cuestionar, no sólo la existencia de Dios, sino también su omnipotencia y su bondad. Como afirma al respecto Mar­cel Neusch: “…no es sólo la existencia humana la que se encuentra en una situación sin solución, sino ese Dios del que se nos dice además que es bueno y Todopoderoso. Pues bien, el mal hace cuestionarse, o bien su bondad, o bien su omnipotencia, puesto que el mal parece más fuerte que Dios”. (“El enigma del mal. Sal Terrae, 2010. Pág. 10).

Esta desilusión del hombre contemporáneo se acentuó enormemente en el siglo XX con su catálogo de horrores, de dolor provocado, de muerte sin sentido. Muchos escritores encontraron en ello la ra­zón de su no creencia, pues como afirmaba el premio nóbel, presa de la desilusión, “los ojos que han vis­to Auschwitz e Hiroshima no po­drán ya contemplar a Dios”, aunque no faltó quien le cuestionara que sí, de igual forma, se “podía aún, sin pestañar, contemplar al hombre”.

Todo ello explica, en gran medida, el que, en la actualidad, la hu­manidad secularizada contemporá­nea viva una especie de déficit de esperanza, donde ya no se aprecia en sus más nítidos matices, la res­puesta religiosa a la necesidad de redención que alienta en lo más profundo de corazón humano.

A decir de Neusch, “…el, mal que constituía la oportunidad de apelar a la justicia de Dios, se convierte en signo de su ausencia, o al menos de su indiferencia”. (Op. Cit. Pág. 11).

Pero el mal sigue ahí, como rea­lidad que nos desafía, nos cuestiona. Nos interpela. Mi admirado Profesor de la Universidad Com­plutense Manuel Fernández del Riesgo, solía hablar en sus cursos, y con tal título escribió un libro tan hermoso como denso, del: “El enigma del animal mortal”. Pues más allá de los delirios de omnipotencia, o de la actitud defensiva de no que­rer ver el mal en su crudeza, se im­pone con contundencia la realidad de que no es posible maquillarlo y evitar sus diversas y desafiantes manifestaciones.

Y no se trata de un simple y hasta cierto punto ejercicio teórico, pues como sabiamente afirmara H. Bergson: “…el filósofo puede complacerse en especulaciones de este tipo en en la soledad de su despacho; ¿qué pensará ante una madre que acaba de ver morir su hijo? No, el sufrimiento es una realidad terrible…”.

Jesús no responde al mal con elucubraciones filosóficas. En Jesús, Dios responde a tan denso misterio desde una actitud existencial. Las interrogantes no necesariamente se disipan ni desaparecen. Jesús afronta el mal desde su propia vida y es en ella donde encontramos los cristianos la respuesta.