Jesús abre una escuela de oración

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El evangelista Lucas se in­te­resa por presentarnos a Jesús como “el orante”. Es el que con más frecuencia nos lo muestra orando a su Padre Dios. Es el único de los cuatro evangelistas que nos lo muestra orando en el momento de su bautismo. Después de haber curado al leproso, y que la gente se agolpaba en torno a él, se retira a solas para orar. An­tes de elegir a los Doce, pasa “toda la noche en oración con Dios”. Antes de cuestionar a sus discípulos sobre su identidad nos lo encontramos sumer­gido en la oración. Solo Lucas cuenta que Jesús ora en el mo­mento de la Transfiguración.

No olvidemos también la in­tensa oración que realiza la noche en que es apresado; lo mismo que la forma como lo hace clavado en la cruz y al momento de su exhalación final. Con todos estos relatos se nos indica que la vida de Jesús, desde su primera aparición pública hasta su último suspiro, fue una vida de permanente oración. Con ello quiere enseñar Lucas a los miembros de su comunidad, lo mismo que a nosotros, la im­portancia de la oración en nuestra vida y qué actitud debe acompañarnos cuando la hacemos.

Es precisamente en un contexto de oración que los discí­pulos le piden que los enseñe a orar. Miremos cómo nos lo cuenta el evangelista este do­mingo: “Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, ensé­ñanos a orar…”. Podemos estar seguros que no fue la primera vez que lo vieron hacerlo. Aquella práctica, aquella ­característica de hombre oran­te tuvo que interpelarlos de modo especial. Solo así se explica que le pidan que forme con ellos una “escuela de ora­ción”. “Enséñanos a orar” es lo mismo que decir “forma una escuela con nosotros donde aprendamos a orar”.

Respondiendo a esta petición, Jesús les enseña a dirigirse a Dios con el Padre­nuestro. Tertuliano lo llamaba “el compendio de todo el evangelio”, mientras que Cipriano lo consideraba un resumen de la enseñanza.

En la versión lucana (recor­demos que el Padrenuestro aparece tanto en Lucas como en Mateo) se resalta la forma cómo debemos orar, lo mismo que la actitud para hacerlo. Es indicativo de ello el hecho de que inmediatamente después de la oración del Padrenuestro Lu­cas sitúe la parábola del “ami­­go insistente” que va don­de su vecino a pedirle algo de comer para ofrecérselo a la visita que le ha llegado inesperadamente a medianoche.

Fijémonos en la forma en que se dirige a su vecino: “Amigo, préstame tres pa­nes…”. Se dirige a él como amigo. Lo mismo ha de ocurrir con nosotros cuando oramos. Para Lucas, los cristianos somos amigos de Dios que, como el hombre de la parábola, podemos dirigirnos a él a cualquier hora del día o de la noche solicitándole su ayuda. No importa el momento, Dios siempre estará dispuesto a abrirnos la puerta; Él nos abri­rá su corazón.

Es precisamente la forma como Moisés se dirige a Dios en la primera lectura de este día, en una oración que me gusta llamar “la oración del regateo”. En esta insistente oración de intercesión, Moisés, sacando a relucir su carácter de hombre de Medio Oriente, logra convencer a Dios de que perdone el castigo merecido por la ciudad de Sodoma en atención a los poquitos ino­centes que allí aparezcan.

Según estos relatos, orar significa hablar a Dios como a un amigo. Podemos dirigirnos a él y pedirle o regatearle des­caradamente como haríamos con cualquier amigo, porque la oración es una conversación entre amigos.