¡Honor a Los Panfleteros de Santiago!

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Hay panfletos agresivos, difamadores o satíricos. En ocasiones han hecho mucho daño; en cambio, hay otros nobles, que merecen el mayor de los elogios y de que queden marcados eternamente y para bien en la memoria de los pueblos, tanto por lo que expresaron como por quienes lo crearon.

En las naciones los mártires son protagonistas por excelencia. Pero no pocos son olvidados. Sus proezas quedan en blanco en las páginas de la historia o se les dedica apenas algunas palabras. Eso sucede con Los Panfleteros de Santiago. Y el 30 de Mayo, día en que desde 1961 nuestra democracia tomó otros rumbos, es una excelente ocasión para hacerles justicia.

¿Quiénes fueron Los Panfleteros de Santiago? ¿Acaso un grupo élite militar que llegó armado con apoyo extranjero y con recursos para enfrentar a “Chapita”? ¿O tal vez eran personas de edad madura, con planes específicos luego de la caída del nefasto régimen? ¿Tenían alguna ambición más allá de la libertad? No.

Los Panfleteros de Santiago fueron más que eso. Se convirtieron en la inocencia hecha coraje, en lo imberbe transformado en místicos barbudos, en el llanto convertido en justa furia, en la utopía bendecida por el Creador. Lo que hicieron fue propio de gigantes.

Eran 35 niños y jóvenes. Y tenían la edad de los del quinto curso de primaria y de los del tercero de bachillerato. Su pecado consistió en repartir un volante que rompió los tímpanos del sátrapa. Decía: “Con perdón de la expresión, Trujillo es una mierda”. Y luego pedían a los dominicanos que se rebelaran contra el opresor. Ocurrió en enero de 1960.

Y después casi todos fueron apresados y a los que atraparon los torturaron y asesinaron  en el infierno de La 40. Y se hizo con una crueldad espantosa: les sacaron los testículos, los ahorcaron, los asesinaron con punzones clavados en el corazón y los llevaron a la silla eléctrica. Y aún así no delataron a los demás compañeros sobrevivientes, entre los que estaba el doctor Ramón Veras (Negro).

En estos días, donde se conmemora el aniversario de la muerte del tirano, honremos a esos mártires que nos enorgullecen. Lo que hicieron debe ser resaltado en grande. Sus cuerpos deben estar en un solemne Panteón en Santiago para rendirles tributo. Su hazaña debe servir de ejemplo para los adultos que se esconden cuando de dignidad y de defensa del Bien Común se trata.