Homilía de Mons. Louis Kebreau, Arzobispo Emérito de Cabo Haitiano en el novenario de la señora Lorenza Collado de Rodríguez

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AGRADECIMIENTOS

 

En ocasión del paso a la Casa del Padre de doña Lo­renza Collado de Rodríguez, las familias Núñez, Collado y Rodrí­guez, agradecen infinitamente a los obispos, sacerdotes, diáco­nos, religiosas, presidentes de asamblea, se­minaristas y fieles del pueblo de Dios por el acompaña­miento y fortalecimiento en estos días.

Doña Lorenza tuvo ocho hijos, de los cuales cin­co han formado familia en el matrimonio; dos se han consagrado al Señor: Pbro. Eduardo Antonio Núñez Collado y sor Isabel Núñez Collado, de la Congre­ga­ción de las Hermanas del Cardenal Sancha y; uno de sus hijos pasó a la Casa del Padre a tempra­nísima edad.

Sus hijos, su esposo Andrés y sus familiares cercanos que­remos compartir con los amigos lectores del Semanario Camino la ho­milía de Mons. Louis Kebreau, Arzo­bispo Emérito de Cabo Haitiano, en ocasión de su no­venario, cele­brado el miércoles 17 de julio de 2019.

 

Homilía de Monseñor Louis Kebreau

 

Quiero transmitir un saludo afectuoso a su excelencia, monseñor Reynoso, al padre Eduardo, sor Isabel, don An­drés, a toda la familia, a los sacerdotes, religiosas y religio­sos, laicos y a todo el pue­blo de Dios reunido para este momento de gracia y bendición, contemplando esta mi­ra­da. Una mirada que nos habla de la profundidad de Dios. Por ese camino vamos a ir en esta mañana, después que he tomado todo el tiempo para leer lo que se ha escrito sobre doña Lorenza.

Les traigo un mensaje que no viene de mí, viene del Es­píritu Santo, del tiempo, de la contemplación, del diálogo íntimo con Dios.

Como les decía, si estoy en medio de ustedes es para rendir un profundo homenaje de reconocimiento y agrade­cimiento a doña Lorenza Co­llado de Rodríguez, que como buena samaritana supo acoger con corazón desbordante de amor a los haitianos y todos los que vinieran a en­con­trarla, demostrando que su amor era igual para todos.

Tomó como modelo a la Mujer de Nazaret, María, es­posa del Espíritu Santo, mu­jer de fe que entregó su libertad a Dios para que Él hiciera de ella lo que Él quisiera, por eso proclamó: “He aquí la esclava del Señor”, una dis­po­nibilidad total a la voluntad de Dios.

Dice el padre Monfort, fundador de los monfortia­nos: “cuando el alma está ha­bitada por María, el Espíritu Santo se siente a gusto en esa morada”.

Qué decir del alma de nuestra queridísima doña Lorenza; un alma de fuego que nos invita a salir de noso­tros mismos, a romper las cadenas que nos atan a los bienes materiales, desgarrar el velo que tenemos delante de los ojos para aprender a mirar como ella miraba la vi­da, como ella miraba todos los hombres, todas las muje­res, todos los niños, una mi­ra­da de fe que iba más allá de las apariencias.

Ella nos muestra cómo de­bemos valorar la vida desde la muerte. La muerte no es una tragedia, es una gracia de Dios.

Cuando leemos en la vida de la pequeña Teresa de Jesús, ella nos dice: “Yo no muero, yo entro en la vida”. Es decir, si desde esta vida no hemos vivido como doña Lo­renza es natural el tener mie­do de morir porque morir es ir al encuentro de Aquel que nos ha amado desde la eterni­dad, desde el seno materno ha depositado su mirada sobre nosotros. Pero, andando “a lo loco” en este mundo hemos perdido el rumbo de la verda­dera vida, la vida que nos lleva a amar, a perdonar y a comprender lo que es ese Dios. Un Dios que es escondido, un Dios pobre que vie­ne a tocar la puerta de nuestro corazón y que pide amor más que nunca en este mundo.

El gran desafío que nos lanza desde el cielo Lorenza, es una llamada a la santidad. Como ella es santa por haber vivido esta profundidad de Dios, nos llama también a ser santos. Y como ella quiere que seamos santos, nos dice que nuestra vida solo tendrá sentido si seguimos las hue­llas de Jesucristo.

¿Qué hizo Jesucristo? Amar, entonces ella dice: cuanto más amamos, cuanto más bien hacemos para los demás, cuando mejor nos so­lidaricemos con los marginados, los explotados, los que no tienen nombre ni patria, los drogadictos y todos aquellos que andan por el mundo sin rumbo, así debemos amarnos, porque es así que Dios quiere que vivamos. Cuanto más y más perdona­mos a los que nos ofenden, a los que nos critican y atacan, así seremos también hombres y mujeres de profunda santidad.

Lo que es realmente fundamental para Dios es el amor y hacer el bien, Jesús nos lo demostró recorriendo las aldeas y ciudades comunicando la Buena Nueva del Evangelio. El Evangelio de amor, reconciliación y paz. Según el mismo Jesús, lo im­portante en la vida no es teo­rizar mucho o discutir largamente sobre el sentido de la esencia, si no comunicar co­mo el samaritano. Si queremos ser como el samaritano, con los ojos abiertos para ayudar a cualquier persona que nos pide su asistencia, a cualquiera que nos pida ayu­da, comprensión y amor, de­be­mos estar siempre dispues­tos y abiertos, como doña Lorenza.

Es por esto que antes de discutir qué es lo que queremos cada uno o qué ideología defendemos, hemos de preguntarnos ¿a qué nos dedica­mos?, ¿a quién amamos? y, ¿qué hacemos en concreto por los hombres y mujeres? Qué hacemos por los jóvenes que han perdido el sentido de la vida y están viviendo en las drogas. Jóvenes que no tienen ningún ideal, ninguna experiencia de lo que es una maternidad como la de doña Lorenza, una paternidad co­mo la de don Andrés. Esos jóvenes no conocen a Jesús. Esa es nuestra res­ponsabilidad y no podemos quedar­nos de brazos cruzados en la Iglesia, debemos levantarnos como doña Lo­renza y ser sembradores de amor, de paz y de reconciliación.

Doña Lorenza, esa sama­ri­tana, nos recuerda una verdad de mucha profundidad porque ella vivió plenamente haciendo de su vida una ex­pre­sión continua del amor misericordioso de Dios. No olvidemos que el amor es la flor y la misericordia es el fruto. Doña Lorenza ya se fue a reco­ger ese fruto maduro que ella quiere compartir con nosotros. Escuchemos lo que dice ella de esta experiencia viviendo y comiendo de ese fruto de misericordia: “cuando amas acuérdate hermano y hermana que Dios es amor, no viene a discutir con noso­tros, no viene razo­nar, Dios es puro amor. Cuando perdonas acuérdate de la cruz: “perdónalos Padre porque no saben lo que ha­cen”. Nosotros a veces nos dejamos llevar por el orgullo y por los senti­mientos, recuerden que no iremos a Dios con los sentimientos, nos faltan dos pies para ir a Dios, la fe y el amor. Doña Lorenza fue maestra de fe y de amor. Por eso, aprender a perdonar es aprender en la fe y el amor; descubrir a Jesús que sufre, a Jesús que nos enseña, ade­más, a rezar hasta por sus malhechores.

Respeta, recuerda que Dios no im­pone. Dios se ofrece, abandona y en­trega. Acuérdate que Dios no discri­mina. Cuando haces el bien recuerda que Dios es el sumo bien.

Todo eso lo ha vivido una mujer y lo cumplió al pie de la letra viviendo día tras día el Evangelio del amor. Por eso, debemos preguntarnos en la Igle­sia, ustedes consagrados, laicos, obispos, sacerdotes ¿qué lugar tiene el Evangelio en nuestra vida? ¿Es el Evangelio nuestra brújula? ¿Es lo que nos guía esta mañana?

Vinimos a celebrar, a hacer fiesta, porque morir es nacer para la eterni­dad, celebrar un nacimiento para la eternidad. Las flores que están ahí hablan del amor de Dios, esas flores que doña Lorenza amaba.

En la vida de san Ignacio de Lo­yola se lee que ya un poco anciano andaba por la tarde dando su paseo y con su bastón tocaba sobre ellas y de­cía: “cállense, yo sé lo que me están diciendo”. En sí, los santos, como doña Lorenza, tienen un sentido profundo del amor, respiran el amor, sienten el amor. Nosotros, nuestros sentidos, están cansados por ese ma­te­rialismo, por ese relativismo, por ese individualismo, estamos casi despersonalizados porque nos falta ese resorte, el resorte del amor. Lorenza nos dice en esta mañana: “por favor no hagan de esta celebración una tristeza, debe ser una fiesta”. Por eso esta­mos convocados con esa sonrisa curativa, una sonrisa que nace de lo más profundo y hay que creerlo, hay que vivir esa experiencia porque no se vive así en la vida, solo se vive de esta manera cuando el corazón está desbordante de amor.

Que doña Lorenza nos ayude des­de el cielo a lograr esa intimidad profunda con el Padre. ¡Qué fiesta más bella ver a doña Lorenza entrar en la eternidad y ver al Padre con los brazos abiertos, contento y feliz, decirle: “ven mi hija para el reino que está preparado, tú has sabido escuchar mi palabra, la viviste como mujer y como madre, como esposa, no ha sido fácil educar a tus hijos, pero por el amor cuántas cosas has hecho, ven a gozar, siéntate a la mesa para festejar porque has amado hasta lo último”!

Ella nos dice, mirándonos desde arriba: “no me busquen entre los muertos, sigan hablando conmigo, si­gan riendo, sigan haciendo lo que ha­cían cuando estaban conmigo, los chistes, sigan haciendo lo que hacía­mos para comer y para compartir”. Ella quiere que vivamos plenamente la vida.

Demos gracias a Dios por este re­galo maravilloso, demos gracias a Dios por este testimonio que no en­con­traremos fácilmente en el mundo.

Estoy muy contento en esta ma­ñana y agradezco al padre Eduardo por haberme invitado a compartir con ustedes esta alegría. La muerte es el encuentro con Dios, y qué puede de­sear una mujer o un hombre que vive con coherencia el Evangelio, sino el vivir cada día la muerte para despertarse, en el vivir con Dios, por Dios y para Dios, como ella vivió.

Que ella desde el cielo nos ayude a despertarnos, a tomar conciencia de que el mal no triunfará, sino el amor. Amar es la misión que tenemos ma­dres, padres, religiosos, sacerdotes, obispos, sembradores de amor, por­que el mundo está agonizando por falta de amor y no podemos retirarnos y escondernos en nuestras parroquias y nuestras capillas como dice el Papa Francisco. Debemos ser una Iglesia en salida, una Iglesia donde nos em­peñamos por saber qué tenemos que hacer para salvar al hombre, como lo hizo doña Lorenza, amando, sirviendo, abriendo el corazón a todos los hombres, de todos los colores, de todas las mentalidades, porque el fundamento será siempre amar y amar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.