Hermana María Eusebia García Roque 60 años de vida consagrada

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Santiago.- La Her­ma­na María Eusebia nació el 2 de mayo de 1932 en San Francisco de Macorís, y luego se trasladó con su fami­lia a Villa Tapia. Sus pa­dres fue­ron los señores José García y Aurelia Roque. Estos conformaron una familia muy cristiana. Antes de ca­sarse se pu­sieron de acuerdo para ponerle a sus hijos el nombre María, por su profunda devoción ma­riana, y así fue. Sus dos hijos llevan el nombre de María: Andrés María y María Eusebia.

La vocación de Ma­ría Eusebia nace en las rodillas de su papá, que cuando apenas sabía hablar le enseñó a rezar a la Virgen del Carmen esta oración: “Madre mía del Carmelo, con tu escapulario santo, cúbreme con tu manto hasta que suba a los cielos, sácame del purgatorio toda vestida de gloria”.

Siendo muy pequeñita murió su padre y luego su madre, y en el lecho de muerte la ma­dre entrega a los dos niños al cuidado de unos tíos maternos, en­cargándoles que los acogieran con mucho amor al igual que a sus hijos. A María Eusebia le gustaba irse a solas a donde no la vieran para rezar la oración que su padre le enseñó. La ins­criben en la escuela y siempre recuerda cómo no dejaba de ir corriendo a su rinconcito, al llegar de la escuela, a rezar su oración. Siendo aún muy joven, María Euse­bia siente el llamado a la vida religiosa y deci­de ingresar a una comunidad religiosa llamada Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, como aspirante. Allí pasó va­rios años. Viendo la Madre Sor Francisca García que su vocación estaba orientada más a la vida contemplativa la puso en contacto con las Her­manas Carmelitas de Clausura, en Licey al Medio y desde entonces feliz y contenta se en­trega para siempre al Señor, haciendo su Pro­fesión Religiosa el 5 de mayo de 1959 prometiendo a Dios pobreza, castidad y obediencia.

A sus 87 años de vida y 60 de consagración al Señor, nuestra hermana María Eusebia se man­tiene muy activa en la comunidad colaborando y sirviendo.

Muchas personas que pasan con frecuencia por el frente del Monas­terio que está en la ­carretera Duarte camino a Licey o a San­tiago, no se imaginan que allí vive esta mujer que ha dedicado su vida a la oración, al silencio y a la contemplación di­vina.

Ella es el ejemplo de mujer que ha sido capaz de renunciar a muchas cosas del mudo para seguir a Cristo.