¡Hasta el cielo, querido Ton! ¡Gracias por tanto!

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Querido Ton:

Uno dizque tan acostumbrado a lidiar a porfía  con las palabras, tratando de vencer su resistencia. Y sin embargo: ¡Cuanta im­potencia, la que he sentido en estos días para escribir algo digno de ti! Algo que intente, al menos, reflejar  lo que en verdad fuiste, en la grandeza de tu sencillez.

Ton el buen hijo, el buen hermano, el buen sacerdo­te, el buen jesuita, el buen educador, el buen escritor e  historiador. Ton visionario, lúcido, comprometido con causas de transformación social; Ton el ser humano afable y bondadoso; sabio, sereno, a ratos estudiadamente irónico. Con esa na­turalidad que a todos cautivaba.

Ton, el de múltiples fa­cetas. Capaz de elevarse a las más encumbradas altu­ras reflexivas y al propio tiempo conversar de tú a tú con el más humilde cam­pesino.

¡Qué misterio insonda­ble lo que somos, querido Ton! ¡Una brizna frágil y amenazada, zarandeada por caprichosas contingencias, pero donde Dios alienta con su fuerza discreta y penetrante!

Cuando al despuntar el alba del pasado jueves 17, recibí de mi querido amigo Pablo Mella, S.J, tu compa­ñero de Orden religiosa, la nota de la Compañía de Jesús donde se comunicaba tu deceso, no pude evitar que un dolor innombrable recorriera mis entrañas; do­lor sereno, pero no menos punzante! Dolor de ausencia… desgarrador…hiriente!

Ese dolor que hizo ex­clamar al poeta Miguel Hernández ante la muerte de su entrañable amigo Ramón Sijé, en Orihuela: “tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. Claro, eso sí, querido Ton, dolor de quien intenta ser cristiano y apuesta por la Resurrección, y por tanto,  dolor con esperanza.

¡Cómo echaré de menos nuestras continuas llama­das, que en tiempos de pandemia y de obligado confinamiento, se tornaron, co­mo bien me decías, “sana­doras “y terapéuticas”, co­mo combate al tedio y al cansancio, pero que fueron,  a su vez, deleite espiritual e intelectual por donde desfilaban, no sólo las cotidiani­dades vitales de cada uno sino también fechas y personajes; singulares episodios que alimentaron por siglos nuestra historia, es­pecialmente, la eclesial do­minicana, sobre la que tan­to escribiste y profundi­zaste con tu fina agudeza de historiador consagrado, metódico, riguroso.

Siento que con tu partida, querido Ton, y vaya que no expreso nada nuevo, sino que me reafirmo en lo ya sabido, se nos va un re­ferente necesario, exigente, en la lectura imprescindible del devenir de nuestra Igle­sia y nuestra sociedad do­minicana. Y es que como buen jesuita e historiador, filósofo y teólogo, todo en uno, supiste siempre leer nuestro hoy dominicano y eclesial con agudeza y ­perspicacia inigualables, para extraer sus consecuencias humanas y pastorales.

Y esto así, querido Ton,  porque tenías sentido de la historia y conocías nuestra historia, sin lo cual es tarea menos que imposible saber de dónde venimos pero mu­-cho menos cuales son las avenidas posibles por don­de pueden asomarse, aun­que a tientas y en penumbras, los esquivos derro­teros del futuro.

Gracias, querido Ton, por ayudarnos tanto a comprender nuestra compleja andadura eclesial a ratos tan preñada de dudas e in­certidumbres; tan signada por esa tensión entre la inercia de lo viejo y la in­certidumbre y perplejidad ante lo nuevo.

Querido Ton: ahora que has vuelto al regazo del Padre, puedo comprobar cuan fecundo fue tu paso por este mundo. Son cosas que en vida se intuyen, pero en caso de personas como tú, de perfil tan discreto, no acaban de saberse y comprobarse hasta que no llega la hora decisiva.

Cuánto bien hiciste a tantos! Sin ruido, sin falsos exhibicionismos. Cómo se te multiplicó el tiempo para cuidar de la familia; para animar y asesorar; para acompañar en el dolor y ce­lebrar la alegría; para im­pulsar, de forma tan callada como efectiva el sosteni­miento de las obras eclesiales; tu completa disponibilidad para ofrecer a quien lo necesitaba tus conoci­mientos, tu presencia, tu palabra iluminadora.

Gracias, querido Ton, por tu siembra de bien en nuestra Iglesia Dominicana a través de la Compañía de Jesús. Disfruta ahora del gozo de tu Señor. Ah, y una última cosa, que en nombre de tantos me atrevo a pedir­te con plena confianza: ¡Ruega por nosotros!