Hacia Santiago de los Caballeros

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Al terminar la misa, me llevaron a la parte posterior del multiuso, un lugar bastante abierto al que, casi de inmediato, comenzó a acu­dir la gente. Me quité los ornamentos lo más rápido que pude, mientras respondía a algunas personas de las que iban llegando. La vís­pera habíamos acordado con el encargado de la liturgia que me llevarían a una salita –así dijo– “para esperar la llamada de la casa del Rector  para el almuerzo”. 

Pero al finalizar la Eucaristía, el hombre de la liturgia se fue a acompañar, muy devo­tamente, al Señor Nun­cio y me dejó con su asistente. Éste no tenía ni idea de lo acordado la víspera. Le pregunté por dónde íbamos a salir, y cuando vi que me llevaba hacia la multitud, con sotana filettata y todo, como andaba yo, me dirigí –casi renqueando– ha­cia una pequeña esca­lera hacia la calle. 

Me sorprendió en el intento un grupito de personas. Una de ellas quiso entregarme un paquetito. Solo abrí los brazos, como excusándome. Gracias a Dios, estaba junto a ella la Dra. Mercedes Féliz y le pedí hacerse cargo del paquete. Éste contenía una placa de reco­nocimiento a mi persona, del Distrito Mu­nicipal de La Cuchilla, de Villa Altagracia. 

Tuve la dicha de conseguir por medio del diácono Marino Montero el teléfono de la señora que quiso en­tregarme la placa. La llamé después para pe­dir excusa y, gracias a Dios fue muy comprensiva. De inmediato cogí escaleras abajo y llegué al parqueo. Ya me alcanzaban varias señoras cuando le pedí a Tito, el chofer: “sáca­me de aquí”. 

Tenía que evitar a toda costa el cá­lido saludo vernáculo. 

Nos fuimos a un pe­queño parqueo alejado del multiuso y nos que­damos dentro del vehí­culo. En ese momento se acercó el padre Cé­sar Hilario que había estacionado su carrito en ese lugar. Le hice una broma, pues traía una camisa de color morado y, apuntándo­me con el dedo índice me dijo: “Comenzaste bien, comenzaste bien…”. 

En ese parqueo esperábamos hasta que se movieran los autobuses de la gente de Baní, pero la comida para ellos se tardó y tu­vimos que aventurar­nos hacia la casa del Rector. Ahí estuvimos esperando, pues no llegaban el Cardenal López ni Mons. Agri­pino. Varias veces fue­ron a preguntarme qué hacían, pues hasta la primera dama Cándida Montilla estaba a la espera. Luego llegaron los dos juntos y empe­zamos el almuerzo. Comí y me levanté a saludar a algunos de los comensales de las otras mesas. Sacaron un par de fotos y no pude más. Pedí que me llevaran a casa. 

¿Acaso no creen que fue un día inolvi­dable? Y eso, que no les conté que a la salida para la celebración que acabo de mencio­nar, yo –enfermo de puntualidad– me preocupé, pues al salir del arzobispado con el tiempo bastante medido encontramos una camioneta de la Policía detenida en mitad de la intersección Duvergé con España. Los agen­tes departían amenamente con la vecindad. 

Ha de saberse que yo acababa de pasar una noche no muy plácida, pues –tal como me lo advirtieron los médicos– impedida la micción a causa del bloqueo durante toda la noche, vine a ali­viar­me ‘cuando ya era en­trado el día’. 

Como los hermanos agentes hicieron caso omiso a la bocina, les hice una señal de de­sesperación con mis dos manos. Se movie­ron sin prisa, mientras me devolvían un gesto como de “cógelo sua­ve”.

A los tres días de ese evento, fui internado para la cirugía de una de las vértebras lumbares. Al entrar al quirófano se me acercó un amigo sacerdote a decirme: “El que ba­rrió el piso contigo fue Fulano de Tal”. 

Se refería a un pe­riodista de Santo Do­mingo que criticó acremente una simple frase sobre la corrupción que yo inserté en la ho­milía de la misa de toma de posesión. 

Al salir del quirófano, me llevaron a la sala contigua hasta que despertara de la anestesia. Mientras me sacaban de la sala, se supo­ne que despierto, em­pecé a decir: “Fulano de Tal” (es decir, el nombre del periodista). 

Cuando mi herma­na Taty oyó que yo se­guía repitiéndolo, me dijo como si me lo re­criminara: “¿Por qué estás tú repitiendo ese nombre?”. Ella no sa­bía lo que me había dicho el cura a la entrada del quirófano. Aho­ra yo, atontado todavía por la anestesia, seguía repitiendo inconscientemente lo que escuché inmediatamente antes de la operación.