Francisco siempre presente

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El pasado día cuatro celebramos a san Francisco de Asís, un sol que nació al mundo, según canta el poeta Dante en su obra La Divina Comedia. ¿Se nos pasó la fiesta? No, Francisco nunca pasa. Del siglo XII a hoy día su persona y propuesta espiritual está siempre presente en la sociedad y en la Iglesia, siempre renovada y enriquecida. ¿Por qué? Porque Francisco nació y vivió en el conflicto y en el conflicto cua­jó su personalidad. El conflicto de su familia que no lo comprendía y rechazaba, de las nacientes ciudades medievales que creaban problemas y demandaban nuevas res­puestas pastorales, de las lu­chas socia­les y religiosas de la época,  algunas muy radicales y críticas de la Iglesia, y de conflictos militares con los musulmanes – las Cruzadas.

De todos nos fijamos en la emergencia y crecimiento de grupos de propuestas radicales – se les llamaba pauperistas, albigenses, etc, que al grito de “hacer penitencia “y “seguir pobre al Cristo pobre” levantaban un gran seguimiento, sobre todo en las nacien­tes ciudades de la época. Se llegaba a decir que “Dios vivía en el campo y el Diablo en la ciudad.”

Francisco, hijo de Pietro Bernadone, comerciante, y de la señora Picca, nació en la ciudad de Asís, en el 118. Dice su primer biógrafo Tomas de Celano1, 1. “… un hombre llamado Francisco; desde su más tierna infancia fue educado licenciosamente por sus padres, a tono con la vanidad del siglo; e imitando largo tiempo su lamentable vida y costumbres, llegó a superarlos con creces en vanidad y frivolidad.”

Él, como tantos otros anteriores comenzó a vivir un proceso de conversión. Penitencia, hacer penitencia para librarse de sus pecados y alcanzar la voluntad de Dios. Fraternidad de hermanos, tratar como hermanos a los propios y a los lejanos. Obediencia como vínculo de unidad de la fraternidad. Iglesia pertenencia y obediencia a los sacerdotes y teólogos, y al Señor Papa, ser católicos. Pobreza, santa pobreza, que los hermanos trabajen en un oficio compatible con la pobreza, sin pedir nada a pago, pidiendo limosna. Y los laicos para integrar a todos en la fraternidad.

El Cristo de San Damián le encomendó a Francisco, «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». Se puso Francisco en marcha y comenzó a reparar una destruida iglesita que se conocía como la “Porciúncula”, la pequeña; pero la casa del Cristo era toda su Iglesia, el cuerpo místico, el pueblo de Dios. Por eso, el Giotto, el pintor de lo franciscano del siglo trece pinta a Francisco sosteniendo en sus hombros la iglesia lateranense, que en esa época era la iglesia del Papa.