Eutanasia vs muerte natural

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Con cierta frecuencia se leen en la prensa internacional apasio­nadas propuestas a favor de la eutanasia. Alegan que no hay derecho a vivir una larga vida dolorosa.

Un autor llegó a ridiculizar a los cristianos, naturalmente opuestos a la eutanasia, diciendo que los creyentes “se basan en escritos bíblicos de hace miles de años que fueron concebidos por hombres de la pre-historia”.

En primer lugar ha­bría que aclarar que los libros de la Biblia, 27 del Nuevo Testamento y 46 del Antiguo, no pertenecen a la pre-historia, la época de los cavernícolas. Fue­ron escritos cuando ya la cultura había alcanzado altos niveles en cuanto a literatura, ar­quitectura, artes y ciencias.

Para el mundo ju­deo-cristiano los libros bíblicos no son viejos. Se leen y releen por­que saben tan frescos como pan recién hor­neado. Aunque brotan de autores humanos, los creyentes disciernen en ellos la mano inspirante de Dios. “La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo” (Heb 4,12).

Por otro lado la Bi­blia no trata expresamente sobre los temas morales de la actualidad, tales como la licitud de las armas nu­cleares, la fecundación in vitro, el matrimonio entre dos hombres o dos mujeres, o la euta­nasia, entre otros asuntos. Nada de eso se planteaba en aquel en­tonces, pero sí hay va­lores y principios bí­blicos que iluminan las preocupaciones mora­les contemporáneas.

En cuanto a la euta­nasia podemos recordar que un amalecita remató al moribundo rey Saúl, lo cual desa­gradó sobremanera a su sucesor, el rey David (cfr. 2Sam 1, 6-16).

Viniendo al presente, hay que des­montar el mito de que los pacientes termina­les sufren dolores atroces. La ciencia médica ha avanzado mucho en el campo analgésico. Abundan los fármacos para controlar los do­lores. Testigos de ello son quienes trabajan al servicio de los desahuciados en el programa conocido en inglés como “hospice”.

El error principal en torno a la eutanasia consiste en considerar la existencia humana como una posesión análoga a los bienes puramente materiales.  Llegamos a este mun­do sin que nos hayan pedido permiso. Nadie ha comprado su vida. Ésta es un don, algo recibido.

Nadie escapa a la muerte. Cuando el ci­clo vital se agota, se presentan nuevas en­fermedades y se pade­ce un debilitamiento general como preludios del desenlace final. En esas circuns­tancias, no hay obli­ga­ción moral de prolongar los días mediante entubamientos que fuercen la respira­ción y la alimentación. Sólo obliga mantener al pa­ciente confortable e hidratado. Además, no todas las personas ven los sufrimientos bajo la misma óptica. No to­dos maldicen su situación de incura­bles. Hay quienes cargan pacientemente con sus cruces en espíritu peni­tencial y de aso­cia­ción corredentora con el Señor Jesús. Aquí nos movemos en el campo de la fe, vivencia que no es de do­minio universal.