¿En qué creen los que no creen y dónde encuentran la luz del bien?

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Entre 1995 y 1996 se produjo en Italia un intercambio de cartas de una altísima repercusión pública entre el fenecido Cardenal Arzo­bispo de Milán Carlo María Martini, unos de los más sólidos biblistas contemporáneos y ex-rector de la Universidad Gregoriana y el connotado novelista y experto en semiótica Umberto Eco, penosamente ya fallecido también, uno de los más altos representantes de la cultura laica contemporánea y profesor de la Universidad de Turín.

Resultado de aquel fructífero intercambio de pareceres sobre los temas más palpitantes que preocupan al ser humano contemporáneo, realizado con un altísimo nivel de respeto, profundidad intelectual y absoluta libertad de pensamiento, fue publicado un interesante libro que, precisamente, da título al presente artículo: “¿En qué creen los que no creen?”.

Un tema de especial trascendencia, entre los que fueron objeto de aquel fecundo diálogo intelectual, fue el referente a los fundamentos del comportamiento ético.

Con su admirable espíritu de acercamiento respetuoso, buscando siempre comprender las razones del otro, el Cardenal Martini planteó al destacado novelista e intelectual un conjunto de inquietudes, que formuladas en tono de pregunta, procuraban adentrarse en las razones últimas que mueven a quien no profesa una determinada creencia religiosa, a buscar el bien y actuar conforme a valores. Fueron preguntas plantea­das con hondura, sinceridad y belleza admirable:

¿Qué razones confiere a su obrar quien pretende afirmar y profesar principios morales que puedan exigir incluso el sacrificio de la vida, pero no reconoce un Dios personal? O, dicho de otro modo, ¿cómo se puede llegar a decir, prescindiendo de una referencia al Absoluto, que ciertas acciones no se pueden hacer de nin­gún modo, y que otras deben hacer­se, cueste lo que cueste? Es cierto que hay leyes, pero ¿en virtud de qué pueden llegar a obligarnos aún a costa de la vida?, ¿qué justificación última dan a su proceder aquellos que no profesan una creencia personal en Dios

¿Donde encuentra la luz y la fuerza para hacer el bien no sólo en circunstancias fáciles, sino también en aquellas que nos ponen a prueba hasta los límites de nuestras fuerzas humanas y, sobre todo, en aquellas que nos sitúan frente a la muerte? ¿Por qué el altruismo, la sinceridad, la justicia, el respeto por los demás, el perdón de los enemigos son siempre un bien y deben preferirse, incluso a costa de la vida, a actitudes contrarias? Y ¿cómo decidir con certeza en cada caso concreto qué es altruismo y qué no lo es?

Y si no existe una justificación última y siempre válida para tales actitudes, ¿cómo es posible en la práctica que estás sean siempre las que prevalezcan, que sean siempre las vencedoras? Si incluso a quienes disponen de argumentos fuertes para un comportamiento ético les cuesta un gran esfuerzo atenerse al mismo, ¿qué ocurre con quienes cuentan con argumentos débiles, inciertos y vaci­lantes?

Aunque aceptando, como lúcido intelectual, el hecho de que en las legislaciones modernas encontramos un conjunto de valores y principios que parecerían constituir una especie de “ética laica” encami­nadas a orde­nar y armonizar la convivencia, subyacía a las interrogantes del Carde­nal Martini una enorme preocupa­ción, dado que, como afirmara: “para que los cimientos de estos ­valores no se resientan de confusión o incertidumbre, sobre todo en los casos límite, o sean simplemente malentendidos como costumbre, moda, comportamiento funcional o útil o mera necesidad social, sino que asuman el valor de un verdadero y propio absoluto moral, es preciso que no estén atados a ningún principio mutable o negociable”.

En la entrega de la semana pró­xima nos acercaremos a la respuesta de Umberto Eco a las agudas cuestionantes formuladas por el Cardenal Martini.

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