En Manresa

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En Manresa

 

 

Siendo Formador del Seminario iba casi todos los miércoles a Manresa Lo­yola, solo. Era dizque mi día libre. Aprovechaba para descansar un poco, preparar clases, orar… (Y comer “he­lado manresa”). Precisa­mente allá me salió un día una música sencilla para el salmo 50; varias veces lo he oído cantar en el mismo Baní. No sé cómo llegó, ni ellos saben que esa melodía es de mi pequeña cosecha.

Aparte de esto solo compuse letra y música para una cancioncita a la Virgen, con ritmo un poco raro (entre samba y bossa nova); la ensayé una sola vez en Bo­gotá con el amigo Sergio Braschi al piano. Pero ahí quedó. En cuanto a música, solo inventé cualquier melo­día para algún salmo, mientras conducía solo por alguna carretera, pero parece que se lo llevó la brisa. Y supongo que era lo mejor que podía pasar.| Como no había vehículo, tomaba prestada la bicicleta de Ra­món Peguero, el jardinero; una reliquia antiquísima, pero que él gustosamente me la cedía.

Atendían en Manresa las Hermanas del Perpetuo So­corro, al igual que el Semi­nario Santo Tomás de Aqui­no. Sor Amada estuvo en ambas instituciones, y me facilitó mucho las cosas. Ella estaba en Manresa to­davía cuando hice el mes de ejercicios de San Ignacio, dirigido por el querido Pa­dre Daniel Baldor sj (desde el 21 de junio al 21 de julio de 1986); ya éste estaba an­ciano y algo enfermo. Al final de los ejercicios me entregó los apuntes que utilizaba, los cuales conservo. Yo era el único ejercitante en esa ocasión, y pasé el mes completo en Manresa, sin salir de ella ni un solo día.

Me acompañaba fidelísimamente en las Misas el hermano Juan José Muñoa, quien falleció poco tiempo después. Ese mes fue una bendición de Dios para mí (y lo hice por propia iniciativa, para tener la experiencia). Solo vinieron a restarle un poco los benditos apre­mios poéticos; andaba yo con varias cosas en la cabe­za y se aprovecharon del silencio. Algunas de esas cosas las compartí con el sa­cerdote amigo y poeta Artu­ro Pérez de Soba, sj, quien residía en la misma casa. En este retiro, Dios me mostró su rostro misericordioso, y me consoló de varias mane­ras, pero satanás no dejó de intervenir en mi perjuicio, como por ejemplo, cuando quería servirse de unos ges­tos faciales que hacía el Pa­dre Baldor, para que a mí me repugnaran tanto que llegara yo a rechazar y hacer burla del don de Dios que él me transmitía. No me cabe duda de que, en este caso, Dios me ayudó a descubrir a tiempo las artimañas del enemigo.

Un miércoles, de los que iba del Seminario a Man­resa, inventé ir en carro pú­blico desde Manresa a Hai­na, pues no conocía ese lu­gar. Al llegar me quedé cer­ca de la iglesia y pregunté por el colegio de las Herma­nas del Cardenal Sancha. Un señor que bajó del mis­mo carro en que viajé me llevó hasta la misma puerta del colegio. Su ruta era dife­rente, pero fue a llevarme. Esa es nuestra gente. Estuve un rato con la Hna. Rosita Rodríguez, oriunda de Li­cey, pariente de Freddy Cruz. Y me volví a Man­resa. Nadie sospecharía que habría yo de volver tantas veces, como obispo, a en­contrarme con tan buenas y animosas personas de fe de esta gran comunidad de Haina.

Para terminar con Man­resa, una anécdota. Resultó que en una ocasión quise ir un miércoles a Manresa Lo­yola y estaba totalmente llena. Solicité a Manresa Altagracia y al instante me dijeron que sí. Me extrañó un poco lo fácil que había sido la cosa. Llegado el miércoles tomé la misma bi­cicleta y me encaminé hacia allá (la ida era fácil, la sudada era a la vuelta). Al llegar y presentarme, enseguida noté la cara de desconsuelo de la Hna. encargada. Me había reservado la habita­ción llamada de Angelita Trujillo, la que da sobre la marquesina. Pero el asunto es que no esperaba al Padre Freddy sino al Padre Ferdy, (mi amigo jesuita Fernando Ferrán, llamado cariñosamente Ferdy). De todos mo­dos, disfruté mi gran habitación el día entero, gracias a la casi homofonía de mi nombre con el apodo de Ferrán; y hasta me reí solo, por la confusión de los nombres.