En las calles de Nueva York

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Es una pena que cuando pude visitar el Museo del Prado, en Madrid (1988), fuera con tan poco tiempo: es casi pecado pasar delante de tan grandes obras con la prisa que lo hicimos. Ese mismo año hice fila en Roma, por largo rato, para entrar a ver la exposición itinerante de las obras de Vincent Van Gogh, traídas desde Holanda. Ahí anduve con más detenimiento. Por supuesto, estaban Los girasoles, los Autorretratos, la Habitación en Arlés…

Aparte de alguna acua­rela, rara vez he bregado con pintura. Si no recuerdo mal, la primera obra pictórica realizada por alguien conocido, que yo admiré, fue un paisaje pintado por una hermana de Francisco Mar­cano, cuando él era maes­trillo en el Seminario San Pío X; creo que era como una arboleda en otoño, reflejada en el agua; me parecía muy bonita.

Otra obra era de Luis Li­zardo, también maestrillo, y estaba colgada en la recepción del mismo Seminario; pienso que era un dibujo. Lo que sí recuerdo bien es que era algo geométrico, abs­tracto, con bastantes ángulos agudos.

En cuanto a mí, he “pintado” un solo cuadro en mi vida. Fue a Luis Cruz a quien se le ocurrió, en el Seminario Santo Tomás de Aquino (año 1968 ó 1969), que hiciera una pintura para regalársela a alguien. Le dije que nunca lo había hecho. Me dijo que yo podía hacerlo, y tanto me insistió, que busqué una lata de pintura que estaba guardada no sé dónde; como ya una parte del contenido era medio só­lido, lo esparcí sobre ma­de­ra, e hice un invento que dejaba enano a Andy War­hol o a Jackson Pollock. Gracias a Dios, yo no estaba presente cuando él fue a entregar mi obra maestra…

 

Calles de Nueva York

 

Ya he descrito el “matazo” que me di en la escarcha de mi primer invierno ­neoyorkino: resbalé en me­dio de la calle, y el maletín se me fue de las manos, yendo yo a parar a los pies (o a las ruedas) de un carro que se detuvo a tiempo de no golpearme.

Otro día iba caminando de regreso a casa, también en invierno, con mi elegante coat o sobretodo crema que me regaló una señora de la parroquia San Leonardo, de Brooklyn; tenía especie de hombreras, con botones, por lo que –a pesar del color– parecía un poco militar. Al llegar a un punto de la calle, me abordó un joven de aspecto un poco descuidado y me dijo: “Hey, soldier, give me a quora”. (Soldado, déme 25 centavos, “a quarter”). Luego me di cuenta de que era común que los drogadictos pidieran de esa manera.

Por una de esas calles iba un día. Sucede que desde niño he caminado rápido, por lo que a mis hermanas no les gustaba caminar conmigo. Pues ese día iba in­conscientemente a tal velo­ci­dad, que me detuvo un niño y me preguntó por qué yo iba tan aprisa. Esto me impresionó, y por algún tiempo aminoré la marcha.

Un día dejé el tren e iba a pie hacia la casa. De repente alcancé a ver, caminando adelante, a uno de mis compañeros seminaristas. Por la calle iba bastante gente, pero todo indicaba que el amigo iba cortejando a una joven. Así continuó hasta que am­bos se detuvieron frente a un edificio, y yo seguí mi cami­no. Él no me vio. Y pensé: Este mundo es pequeñito… El entonces seminarista nun­ca supo esto. Luego dejó el Seminario y llegó a ser profesional, pero no he sabido más de él.

Pocas veces llegué a sentir miedo caminando por las calles de Nueva York. Solo cuando tuve que caminar, ya un poco oscuro, por algunos lugares, al pasar frente a las escaleras que iban al “basement” o sótano, me sentí algo atemorizado. Entonces no había mucha violencia, pero a algunos de mis compañeros los habían asaltado varias veces.

Otra cosa que recuerdo es que un día me encontré en la calle con un joven blanco, muy bien peinado (parecía haber salido del baño); solo diré que tenía el cuerpo bastante deforme, y que hacía un gran esfuerzo para dar cada paso. Me dejó tan pensativo que, a pesar de la bre­vedad del momento, todavía lo recuerdo. Y yo caminando distraídamente, lleno de energías…

Alguna vez, al anoche­cer, caminé por el Riverside Drive, a la orilla del río Hud­son. Me impresionaron las sombras que se proyectaban sobre el agua, y en una composición para las clases de inglés, llamé a estas sombras “alargadas y espectrales”.