EL “TERCER ISAÍAS” Y LA BODA DE DIOS CON SU PUEBLO

0
160

Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra “Devastada”; a ti te llamarán “Mi favorita”, y a tu tierra “Desposada”, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo. (Isaías 62, 1-5)

Seguimos con el libro del profeta Isaías. Pero ahora le corresponde el turno al llamado “Tercer Isaías”. Se le conoce con este nombre a los últimos diez capítulos del libro (56-66). Se le llama así porque hoy está comprobado que el autor que los compuso es distinto de quien escribió tanto la primera parte del libro (capítulos 1-39) como la segunda (capítulos 40-55). El autor de esta tercera parte (“Tercer Isaías”) habría que ubicarlo entre los siglos VI-V a.C., después que los israelitas han vuelto del exilio en Babilonia. Se trata de un profeta anónimo que escribe posiblemente en Jerusalén hacia la fecha señalada. Es considerado el más importante de los profetas surgidos después del exilio.

Para entonces el pueblo de Israel vivía bajo el dominio persa, pero en su propia tierra. Al derrotar a los babilonios, los persas cambiaron de política respectos a los pueblos dominados. Habían parado las deportaciones y habían permitido que los exiliados volvieran a su patria. El asentamiento y la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén a raíz del regreso de los exiliados generó graves problemas de convivencia ya que estos reclamaban sus antiguas propiedades. También hubo una gran decepción al ver que los sueños de liberación se habían quedado a medias: solo habían cambiado de dominador y la política aplicada contra ellos.

Como nos podemos imaginar, la situación en Jerusalén no es para nada alentadora. La ciudad sigue estando desolada, olvidada por el poder imperial, ocupado en otros asuntos más importantes en la lejana corte de los reyes persas. A los israelitas les está costando volver a reconstruir su hermosa ciudad, incluso hay muchos deportados a Babilonia que prefieren no regresar. Muchos de los que han vuelto a su patria viven serias precariedades económicas y se ven sometidos a la clase dominante. Es en ese contexto que hay que leer el texto que se nos propone este domingo como primera lectura.

El texto forma parte de un conjunto de los más bellos poemas de la literatura profética, recogidos por el “Tercer Isaías” en los capítulos 60-62.  El profeta intenta generar la utopía. Una desmoralizada (¡y a la vez personificada como novia!) Jerusalén va a recibir una promesa de salvación: “Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra “Devastada”; a ti te llamarán “Mi favorita”, y a tu tierra “Desposada”, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido”. Aquello será como un día de boda, Dios desposará la ciudad y se quedará a su lado para siempre.

El profeta grita al pueblo que han pasado los tiempos en que podían sentirse desamparados como la esposa que ha sido abandonada por el marido (en una cultura patriarcal como la de entonces era una experiencia muy dolorosa para las mujeres) o como la tierra que ha sido devastada por el ejército enemigo. En adelante podrán sentirse el pueblo “preferido” de Dios y celebrar una segunda alianza, donde la alegría será desbordante: “Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”. Estamos ante una de las imágenes más hermosas y sugestivas para hablar de la experiencia de Dios del ser humano. Esa experiencia es como el día de bodas, una fiesta que no se quisiera que se acabara.

El texto deja entrever que se trata de una oferta. No se dice ni cómo ni cuándo sucederá. Es un proyecto basado en la fidelidad de Dios, que no ha dejado de estar presente a lo largo de la historia de su pueblo. En eso consiste la espera del “día del Señor”, tan propia de los profetas de esa época.