El sacerdote y los matrimonios

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“…ámense los unos a los otros como yo los he amado.” (Juan 13, 34-35).

 

El pasado primero de septiembre, el movimiento apostólico de Encuentro Matrimo­nial Mundial, Ar­qui­diócesis de Santiago de los Caba­lle­ros, realizó en la ciudad de Moca su encuentro arqui­diocesano de comunidades 2019.

En el mismo se ofreció como tema “La relación in­tersacramental, un don para la vida de la Iglesia”, presentada por el equipo arqui­dio­cesano conformado por los esposos Juan y Rosy Cepín, y un servidor.

Personalmente he descubierto en mi “relación intersacramental”, que ambos sacramentos (matrimonial y sacerdotal) comparten puntos vitales que los distin­guen y nos enriquecen en la vida y misión. Entre estos puntos están: el amor, la fidelidad, el respeto, el valor consciente por los seres amados, el tiempo de calidad ofrecido, el compartir abierto y sincero, la disposición real de saber escuchar, etc.

He descubierto que mi relación como sacerdote con los matrimonios fomenta un mayor sentido de compromiso en cuatro vías: compromiso entre ellos como esposos, de ellos conmigo como sacerdote, de mi persona hacia ellos, y de mí hacia el Señor. Relaciones que defi­nen un trato muy particular enmarcado por una mayor valoración y consideración.

Esta relación intersacramental con matrimonios del Encuentro Matrimonial Mundial me ha permitido descubrir que el matrimonio es también un sacerdocio con una misión de amor ha­cia dentro y hacia fuera: hacia dentro, con ellos mismos y sus hijos; hacia fuera, como laicos están llamados a testificar su fe y amor, y a formar parte de una comunidad eclesial. He aprendido a reconocerlos como verda­deros hermanos que me acompañan en el caminar; su testimonio y sacrificio me conquistan para empe­ñarme mucho más en mi vida sacerdotal.

Recuerdo a una pareja que con tanto deseo de crecer como matrimonio se acercó para solicitar una cita. Los escuché, les sugerí algunas cosas, rezamos juntos, les impuse las manos, les recomendé el fin de se­mana de EMM y se despidieron muy esperanzados.

Ciertamente, la fidelidad, el respeto, el cariño que se expresan, el esfuerzo de los matrimonios, se traduce en mí en un estímulo y compromiso sacerdotal, para cuidar la fidelidad y entrega de mi ministerio y vivirlo más intensamente. Doy gracias a Dios por el testimonio que me brindan, pues el em­peño de ellos me compro­mete también.

Mi relación intersacramental con los matrimonios se ha fortalecido después del fin de semana del En­cuentro Matrimonial, me siento retado y comprometido al ver la entrega de ellos. Sobre todo porque dispongo de más tiempo para escu­char a personas que se sienten preocupadas por su ma­trimonio o por los hijos.

Noto que casi siempre terminan confesándose. Hoy más que nunca, hace tanto bien saber escuchar, ¡cuánta falta hace! ¡Cuántos problemas se solucionarían si nos dispusiéramos a escu­char!

Nuevamente expreso, tratarme con ellos de una forma cercana, me ha permitido descubrir sus alegrías y sus tristezas, sus sue­ños y sus esfuerzos, su espe­ranza y sacrificios; he apren­dido a ser más comprensivo con ellos, a orar y a acompañarles, tratando de cultivar el mandamiento que Cristo nos dejó: “…ámense los unos a los otros como yo los he amado.” (Juan 13, 34-35).