“El que lee la Biblia entera se pone loco”

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Fue una especie de cliché o aforismo que se decía en tiempos pasados. Recuerdo que la primera vez que lo oí fue en mi infancia, de un señor mayor de mi comunidad. Ahora bien, en los años 80, cuando comenzaron a irrumpir las sectas fuertemente, había algu­nos de sus miembros que se leían la Biblia entera y parecían y actuaban como locos.

También recuerdo que en un curso bíblico que tuve en Costa Rica, hice referencia a esta frase, y un insigne biblista me dijo que esa frase, ciertamente era una especie de ideología para alejar a la gente de la Biblia, pues cuando en el mundo surge la reforma protestante, que tiene como abanderado a las Sagradas Escrituras, la Iglesia de enton­ces desconfía de la Biblia y aleja a la gente de ella. Se convirtió casi en un libro prohibido, o solamente para uso de los eruditos del momento y de los seminarios y monasterios.

No sé si en todo eso el biblista tenía ra­zón, pero la realidad que se vivió después de la reforma, en torno a la Biblia, no estaba lejos de ahí.

En nuestra historia dominicana hay un episodio que se conoce como “Las devastaciones de Osorio”, que tiene que ver con la orden del rey de España Felipe III, dada al gobernador de La Española (en ese entonces Antonio de Osorio), de despoblar la parte occidental de la Isla para trasladarla hacia la parte cercana a Santo Domingo, entre 1605 y 1606, como forma de aniquilar el contrabando en la zona, pues a través de ese contrabando se introducían biblias protestantes, las cuales fueron quemadas en la plaza pú­blica, por las autoridades eclesiásticas de entonces.

Tal parece que solo en ambientes protestantes era posible un contacto directo con la Biblia, algo no bien visto en ambientes cató­licos; de igual forma, en tiempos más re­cientes, en la época de la Guerra Fría y la proliferación de la ideología comunista, los miembros de esta organización conocían la Biblia más que los mismos cristianos, que en aquel entonces la mayoría era católica.

Pero a lo largo del tiempo esa no ha sido la realidad de la Iglesia en torno a la Biblia, pues desde los inicios formales de la fe, cuando el cristianismo dejó de ser una re­ligión perseguida y pasó a tener patente de corso en el Imperio, es decir, a ser permitido su culto, muchos hombres dispusieron de su capacidad intelectual para que la gente comprendiera la Palabra de Dios contenida en el Libro Sagrado, como Orígenes, fundador de la escuela de Alejandría, que a partir de una visión en conjunto de varios escri­os bíblicos, realizaba de manera alégorica su interpretación; o el caso más memorable y de mayor trascendencia, fue lo de San Jerónimo, en el siglo IV d.C., quien tradujo desde los idiomas originales al latín vulgar, que era el idioma de la época en Occidente, y se conoce esta traducción como “La Vul­gata”, para que la gente conociera la Palabra de Dios allí contenida.

De igual forma, Martín Lutero traduce, en el siglo XVI, la Biblia al idioma alemán, para hacerla asequible a la gente. Y el movi­miento bíblico previo al concilio Vaticano II se empeña en lo mismo, hasta llegar a la constitución dogmática del Concilio sobre la Divina Revelación la “Dei Verbum”, donde vuelve a ponerse la Biblia en manos de la gente y termina “el invierno bíblico” (del cual hablaremos en otra publicación), al cual fue sometido el pueblo de Dios en su contacto y acceso a las Sagradas Escrituras.

Leer entera la Biblia no vuelve loco a nadie. Deberíamos hacer una lectura siste­mática de ella antes de salir de este mundo, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pues ella es: El libro del pueblo de Dios para el pueblo de Dios.