El Nacimiento y san Francisco

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El Nacimiento fue el primer símbolo a representar la encarna­ción de Jesús, de la Navidad. Después vi­nieron los reyes ma­gos, Santicló, el arbo­lito, las estrellas, las bolas, los colores rojo y verde, los paisajes nevados, los trineos de ciervos, los bombillitos, y muchas cosas concebidas con ánimos más comerciales que religiosos. Los nuevos símbolos nos harán esos días festivos, pero se van alejando del sentido del Dios que se inserta en la historia, que se hace hombre, uno como nosotros. Misterio central de nuestra fe.

Para ponernos al tanto, vamos al origen del Nacimiento, cosa que nos llevará a Francisco de Asís. Cuenta la historia, en concreto Tomás de Celano (1185-1260), el primer biógrafo de Francisco, en la Pri­mera Vida, 84-87, que estando el santo en la pequeña ciudad de Greccio, en el centro de Italia, en 1223 tuvo la inspiración de reproducir en vivo el naci­miento de Jesús. Y sucedió que la noche de Navidad, la gente se dirigió al lugar donde vivían los frailes, cantando y con antorchas. Y en medio del bos­que, en una gruta, pre­pararon un altar sobre un pesebre, junto al cual habían colocado una mula y un buey. La homilía la tuvo Francisco, y mientras hablaba del niño de Belén, se relamía los labios y su voz era como el balido de una oveja. Un hombre allí presente vio en visión a un niño que dormía recostado en el pesebre, y Francisco lo despertaba del sueño. Greccio se convirtió en una nueva Belén. La gente volvió contenta a sus casas, llevándose como recuerdo la paja.

Y Celano concluye la narración con pala­bras que suenan a himno. “Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los anima­les. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos go­zos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche trans­curre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándo­se en suspiros, traspa­sado de piedad, derre­tido en inefable gozo. Se celebra el rito so­lemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.”

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