Nueva vez la conciencia mundial ha sido sacudida, el pasado 23 de febrero, por la asoladora invasión de Ru­sia a su vecina Ucrania. Se confirmaban de este modo los más angustiosos presagios, pues hasta el momento, a pesar de la escalada de la tensión, los desplie­gues de tropas y la re­tórica amenazante y altisonante, especialmente del país invasor, siempre se albergaba la esperanza de que al final del día, se privilegiaría la diplomacia y  las partes optarían por el diálogo en vez de la fuerza. 

Tristemente no ha sido así y hoy, en una nueva reedición de esta constante fatídica que parece signar la condición humana, que no pocas veces, contravi­niendo las más elementales reglas de la convivencia civilizada, prefiere la confronta­ción al dialogo respe­tuoso, una zona sensible del continente euro­peo, como es Ucrania,  se ve envuelta en una nueva crisis de asedio y violencia, de mayores proporciones a las que en el año 2014 desestabilizaran completamente dicha nación, sembrando el caos, ge­nerando muerte y des­trucción de vidas y una proporción inmensa de desplazados y refugiados, de los cuales un número cercano a 600 mil han arribado ya a las fronteras con Polo­nia y otros países limí­trofes. 

Ya en la audiencia general del pasado miércoles 23, el Papa Francisco manifestó sentirse “dolido” por acciones como la inva­sión de Rusia a Ucra­nia, las cuales “desacreditan el derecho in­ternacional” y afirmaba que “una vez más, la paz de todos se ve amenazada por intereses creados”. 

Esta valiente alocución del Santo Padre, guarda estrecha conti­nuidad con el de sus predecesores, especialmente en nuestra historia contemporánea,  cuya voz no ha dejado de escucharse a lo lar­go y ancho del mundo, especialmente en mo­mentos especiales y dramáticos de la huma­nidad en que la cerra­zón y el egoísmo de los hombres ha desencadenado la guerra.

Como un “inútil de­sastre”, calificó el Papa Pio X a la primera gue­rra mundial y la historia recuerda cómo el 24 de agosto de 1939, en vísperas de la segunda guerra mundial, a tra­vés de un emotivo men­saje radial, el Papa Pio XII invitaba a las partes beligerantes a procurar el entendi­miento antes que propiciar la confrontación.

Así se expresaba el Santo Padre: “…hoy que la tensión de los espíritus parece llegada a tal límite que hace creer inminente el desencadenarse del tre­mendo torbellino de la guerra, dirigimos con ánimo paterno un nuevo y más caluroso llamamiento a los go­biernos y a los pue­blos… es con la fuerza de la razón, no con la fuerza de las armas, como la justicia se abre paso. Y los imperios que no se fundan sobre la justicia no son bendecidos por Dios. La política, emancipada de la moral, traiciona a los mismos que de ese modo la quieren. Inmi­nente es el peligro, pero todavía hay tiempo. Nada se ha perdido con la paz. Todo puede perderse con la guerra. Vuelvan los hombres a comprenderse. Vuel­van a tratar…”.

Una semana más tarde, iniciaba la contienda bélica, de alcan­ce planetaria y la voz del Santo Padre era de­soída. Parecía, como recordaba cinco lustros después el Papa Pablo VI, que la primera gue­rra mundial (1914-1918) no había enseñado nada con “sus mi­llones de muertos, de mutilados, de heridos, de huérfanos y con sus ingentes ruinas”. 

En el mensaje refe­rido hacía, a su vez, el Santo Padre, unas va­liosas reflexiones, que hoy como ayer, tienen plena vigencia. Afir­maba el Papa: 

“Vuelve a insistirse en el falaz concepto de que la paz no puede fundarse sino en el ate­rrorizante poder de ar­mas extremadamente mortíferas, y, mientras  por un lado, se discute noble aunque débilmente y se trabaja para limitar y abolir las armas, por otro se continúa desarrollando y perfeccionando la ca­pacidad de destrucción de los equipos milita­res”.

Sabias lecciones, que ojalá, hoy más que nunca, puedan escu­charse de nuevo por las partes contendientes en estos momentos dra­máticos que vive la hu­manidad. 

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