El invierno bíblico

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El Libro Sagrado fue dado por Dios para todos, pero principalmente para su pueblo

 

Con este término muchos biblistas categorizan la época de la Iglesia que va desde la Reforma de Martín Lutero y el Concilio de Trento, hasta la constitución Dei verbum del Concilio Vaticano II, en lo concer-niente al uso de la Biblia en la Iglesia.

Vale recordar que Lutero y demás reformadores hicie-ron de la Biblia su estan-darte para las reformas que querían impulsar al interior de la Iglesia. Podríamos decir que él y ellos, en principio, tenían buena intención, pero se dejaron arro-par por el factor político del momento, que era el hecho de que los príncipes alema-nes y jefes de otras regio-nes de Europa querían independizarse, si así vale el término, de la autoridad y fuerza política que tenía el papado en esos momentos. Estamos hablando del siglo XVI d.C.

En sus postulados teoló-gicos, Lutero va afirmar las famosas Cinco Solas, en las que están las Sagradas Es­crituras como única fuente de revelación y tirará por el piso todo lo concerniente a la Tradición y el Magisterio.

Al tener su Reforma como base principal a la Biblia, las Iglesias protestantes resultantes de todo ese movi­miento se caracterizarán, a lo largo de la historia, por su prioridad a la Biblia como fuente y fundamento de la fe cristiana y nada más.

El Concilio de Trento, que es la respuesta católica al movimiento reformador y es la reforma católica a la fe y a la Iglesia de entonces, reafirmará el uso de la Vul­gata para fijación del canon de los libros bíblicos y nada más, pero en su pastoral posterior al Concilio, la Igle­sia se alejará de la Biblia y reafirmará el catecismo y las prácticas devocionales y litúrgicas para la vivencia de la fe cristiana católica, dando paso al invierno bíblico del cual estamos hablando.

Tal parece que la Iglesia resultante de estos aconte­cimientos, en el orden pastoral, entendió que poner la Biblia en manos del pueblo de Dios, podría producir una posterior protestantización de la gente. La Biblia se convirtió en ´´un libro pe-ligroso´´ y había que buscar formas ideológicas que alejaran a la gente del Libro Sagrado y era lógico ese sentir, pues la bandera pro-testante era la Biblia.

Ella fue relegada a las bibliotecas, monasterios y seminarios, asuntos de ilus-trados en la fe, no así el pue-blo llano y sencillo, cuando este libro fue dado por Dios para todos, pero principalmente para su pueblo.

Será el siglo XX el comienzo y desarrollo de la primavera bíblica que hoy se vive en parte en la Igle-sia, pues todavía hay tenues destellos de invierno. El movimiento bíblico que comenzaron al inicio del siglo pasado algunos teólogos de la Iglesia, alusiones y encíclicas de los Papas, entre la que destaca ´´Di-vino aflante Espiritu´´ de Pio XII, creación de la Co­misión Bíblica Interna­cio­nal, preparan el camino para la constitución dogmática del Concilio Vatica­no II, la Dei verbum, donde la Igle­sia vuelve a poner la Biblia en manos de la gente, su destinatario, el pueblo de Dios, y urge a la realización de un apostolado bíblico, que desembocará en una pastoral bíblica, hasta llegar a lo que pretendemos hoy que es una Animación Bíbli­ca de la Pastoral, cuyo culmen hasta ahora ha sido el Sínodo sobre la Palabra de Dios, en el 2008, y la Exhortación Apostólica post-sinodal Verbum Do­mini, de Benedicto XVI. Pero lo que en verdad atestigua la primavera bíblica que quiere sepultar el in-vierno bíblico que hemos vivido, es la apertura de la gente ante la Palabra de Dios contenida en las Sagra­das Escrituras, su deseo por leerla, conocerla, estudiarla y hacerla vida en sus vidas y en todo lo que hace y realiza la Iglesia.