El día que mi madre enfrentó a Trujillo

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La semana pasada mi madre cumplió 85 años. En reunión familiar re­sal­tábamos el día que se negó a hablar en favor de Truji­llo, lo que era casi una sentencia de muerte. Todo inició el 25 de enero de 1960 cuando la Conferencia del Episcopado Dominicano enfrentó al tirano.

En su libro Velada a la vida, nos presenta lo ocu­rrido.

“Elsa, te buscan, re­quieren de tu persona… Eran de mi pueblo de Tamboril, representaban al gobierno municipal y al partido oficialista, me in­formaron que las auto­ri­dades me habían elegido para tener un turno en el mitin que se realizaría en mi pueblo como protesta a la Iglesia Católica.

Fue un diálogo triste y cortante. ¿Cómo se atre­ven? Ustedes saben mi responsabilidad apostólica; soy parte de la Her­mandad de las Hijas de María y además presido la Legión de María del sector juvenil… sería una false­dad hablar de la Iglesia de la que formo parte… mi mayor compromiso es con Cristo y la Santa Madre Iglesia que Él fundó.

Me llevaron a la casa del gobernador… fue una situación extremadamente difícil. Reiteradamente sa­lían los nombres de monseñor Reilly y monseñor Panal. Hubo fuertes emociones, pedí permiso para ir al baño; ya estaba llorando. De repente, cuando parecía que ya estaba aba­tida, que las fuerzas se di­luían en un corazón joven, volví a la sala y me acomodé en el sofá. Mi mano derecha se extendía, casi en forma de cruz, y con energía invisible catego­ricé: “No solo de pan vive el hombre, sino de la pa­labra que viene de Dios”. Regresé al vehículo, mis acompañantes estaban asombrados por mi res­puesta. Llegamos a Tam­boril.

Mi madre, junto a personas muy allegadas, me esperaba en casa. Hubo oración, llanto y grandes decisiones. Las Teresianas estaban aturdidas cuando les comuniqué lo sucedido. Las religiosas del Per­petuo Socorro y otros grupos se agregaron a la cadena de oración. Recuerdo a mi amiga Dulce Capellán, quien me ofreció caminar muchas veces de rodillas por el patio de su casa… sus rodillas sangraban, todos sabían que mi vida corría peligro.

Cuando fui a la iglesia me dijo el Señor: “No te­mas, te he colocado en una urna de cristal, te protejo; las bolitas del árbol de laurel que caen, se sienten, pero no te tocan”.

Cuando pasaba por la calzada del parque, sentía las miradas, parece que me observaban en silencio co­lectivo. Se acordó que solo asistiera a comulgar y fue entonces cuando salió al encuentro el padre José María, virtuoso sacerdote pasionista. No lo creía. Al ofrecerme la Santa Hostia, recogí vivencias y repetía: “No solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que viene de Dios”.——-