El Daniel que  tenemos al lado

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Lo recuerdo como ahora, aunque ocurrió hace más de 30 años. Tenía la agradable enco­mienda de visitar a Daniel para informarle que se le dedicaría un torneo de beisbol de pequeñas ligas, incluyendo un colorido pergamino de reconoci­miento para que lo colga­ra en la sala de su hogar.

Daniel era entrenador de béisbol infantil en un barrio de Santiago. Todos admirábamos su labor. Era una persona noble, entregada al deporte. A pesar de su edad, todos los días enseñaba “pelo­ta” a los muchachos de su zona, quienes le respetaban más que a sus padres.

Llegué a su casa guiado por un amigo, pues desconocía dónde vivía. Al entrar lo saludé con cariño, sin negar el im­pacto recibido al observar una mezcla de penuria con decenas de placas, trofeos, medallas y diplomas con su nombre.

Todavía algo aturdido, le expresé de corazón: “¡Daniel, eres una gran personalidad!”. Y me contestó, con la naturalidad del hombre sanamente silvestre: “¿Y de qué me vale sei una gran peisonalidá como uté dice, si mi familia y yo no tengamo na qué comei?”. Su respuesta dejó un im­borrable tatuaje en mi corazón.

Me invitó a sentar en una silla de guano. Yo no sabía qué hacer con la carta donde se le comunicaba el homenaje. En rea­lidad, quería llorar, pues me sentía en parte culpable de la condición de Daniel y de la de todos sus semejantes que le ser­vían a los demás y vivían arropados de miseria. Ese día se quedó en mi alma para siempre.

Cuando valoremos el bien que hace el prójimo, también preocupémonos por saber cómo está o se siente ese hermano. Y lo triste es que a veces lo tenemos a nuestro lado y no sabemos la necesidad que tiene, pero sí aplaudimos sus actos y sus sacrificios.

Siempre leo y releo al papa Francisco. En una ocasión, refiriéndose a los más desposeídos, rechazó la “indiferencia” contra quienes están en situación de pobreza. Y señaló: La “indiferencia” es el “ma­yor pecado contra los po­bres” y para los cristianos es un “deber evangélico” cuidar de ellos.

Trabajar para dismi­nuir la pobreza no es asunto de hablar, es de hacer. Y, dentro de nuestras posibilidades, inicie­mos en nuestro entorno, ayudando con amor al que más lo necesita, co­mo pagar salarios adecuados a nuestros trabaja­dores.

Prediquemos con el ejemplo, lo demás son palabras, palabras, pala­bras. Seamos solidarios y fraternos con el Daniel que tenemos a nuestro lado y de seguro hay más de uno.