El ayuno en las Sagradas Escrituras Jesús pretende que se haga con humildad

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En el mensaje del Papa Francisco para esta Cuaresma del 2019, se nos invita al arrepentimiento, a la conversión y al perdón, como caminos hacia la Pascua y a la redención de lo creado. También se nos propone como un sacramental de la conversión el ayu­no, donde el Papa señala que “Ayu­nar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón”.

Para el cristiano la fuente sobre el ayuno está en las Sagradas Escri­turas. El pueblo de Israel era muy dado a esta práctica por diversos motivos tales como pedir perdón, ya que el día de la expiación o de pedir perdón por los pecados del pueblo era precedido de un gran ayuno (Lev 23, 27), en caso de desgracia nacio­nal ( 1Sa 7,6), para detener una cala­midad ( Jdt 4,9-13), etc., pero sobre todo como preparación para el en­cuentro con Dios (Ex 34, 28; Dan 9,3).

En el Nuevo Testamento se nos habla de que los judíos muy piado­sos ayunaban (Lc 2,37), al igual que los discípulos de los fariseos y de Juan el Bautista (Mc 2,18), no así los de Jesús, a tal punto que los demás se lo echan en cara a Jesús; ahora bien si él no lo prescribe a sus discípulos, no es que desprecie tal práctica sino el formalismo que llevaba, algo que ya había sido denunciado por los profetas del Antiguo Testamento (Am 5,21 y Jer 14,12).

Jesús preten­de que el ayuno se haga con humildad y discreción (Mt 6,17ss), pues para hacerlo agradable Dios debe ir acompañado por el amor al hermano y en la búsqueda de la verdadera justicia (Is 58,2-11). La Iglesia desde los inicios hizo suya esta práctica, acompañada sobre todo de la oración (Hech 13,2ss). Pablo también en su itinerario apostólico, donde pasa por múltiples penurias, incluso hambre, hace suya la práctica repetida de los ayunos ( 2 Cor 6,5).

Con todas estas referencias bíblicas vemos  la fidelidad de la Iglesia al ejercicio de esta accesis penitencial que es el ayuno, pues ella busca también, colocarse con fe en una actitud de humildad para acoger la acción de Dios y ponerse así en su presencia, pues el ayuno es un acto confiado de abandono en las manos del Padre Dios.

Hoy día tenemos  una gran preo­cupación por el cuidado de la imagen corporal, y no está mal, para ello las personas incurren en un sinnú­mero de dietas prolongadas por días, semanas y meses, todo por presentar una silueta ideal y escultural ante los demás, muchas veces con el sólo ob­jetivo de despertar admiración y asombro en los otros. Es decir, algo que solo se quede en uno. Se pres­cinde de los alimentos, con el fin de búsqueda de prestigio y aprecio personal, que solo redunda en el individuo.

El ayuno, que se parece a las die­tas, en el abstenerse de los alimentos, es todo lo contra­rio, ya que no se hace con un fin en uno mismo, sino dirigido hacia los demás, pues el ayuno busca, a través de su realiza­ción, encontrase con el trascendentemente otro que es Dios y con el hermano, en una actitud de apertura íntima y humilde, en una búsqueda de la justicia, que comienza por darle el verdadero puesto que el prójimo, el otro, el hermano debe y tiene que tener en nuestras vidas.

En un mundo donde la mayoría de las veces pensamos y sentimos más con el estómago que con nuestras cabezas y nuestros corazones, el ayuno es una invitación a vaciarnos de todo lo material y mundano, y así adentrarnos en las razones profundas y los sentimientos hermosos que brotan de nuestra fe.

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