El Arzobispo Meriño en el anecdotario del Padre Castellanos

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Del valioso anecdotario de Monseñor Fernando Arturo de Meriño, recopilado por el Padre Castellanos, que tan a profundidad conoció los rasgos de su rica personalidad, se con­signa, a continuación, otra muestra. Las mismas ayudan a mejor apreciar la fiso­nomía espiritual, patriótica y humana de este dominicano y pastor insigne.

4.- La generosidad de Meriño

Monseñor era excesivamente pródigo. Una vez le visita una comadre y antes de que la misma se marche, le dice: “Comadre, tenga la bondad de esperarme un minutito porque voy a buscarle un regalito”.

Fue a un armario y bus­có en él con gran interés. No daba con cosa propia para una dama hasta que viendo un pañuelo de seda muy fino y vistoso, lo trajo para dárselo a la comadre. Esta reconoció luego el pañuelo y le dijo al Com­padre: ¿Por qué me lo de­vuelve? ¿No recuerda que se lo regalé el día de San Fernando?

-¡Ay, Comadre, respon­dió el generoso Meriño, perdóneme. Esa distracción imperdonable se la debo al gobierno, que me tiene, hace varios meses, sin mi sueldo”.

5.- La honradez de Meriño

Afirmaba el Padre Cas­tellanos, que en lo referente a honradez, no había quien se igualara a Meriño. “… bajó pobre del solio presidencial, y la muerte lo visi­tó igualmente pobre en el solio episcopal”, sostenía con conocimiento de causa.  Y pasa dar fundamento a  su ponderación, relataba la siguiente anécdota: “.

Hacia 1902, hallándose en la sacristía de la Santa Iglesia Catedral, le avisaron que estaba muy grave en San Carlos, su viejo amigo Don Tomás Alonso.

El caritativo Arzobispo, tenía en depósito $ 400.00 oro que el Padre Caste­llanos le había pedido guar­darle, como resultado de un sorteo en el que había resultado agraciado. Meriño llama aparte al Padre Cas­tellanos y le dice: “Deseo que me compre uno de mis dos cálices. Puedes escoger el que más te guste”. Le respondí al punto, expresa Castellanos: “Por qué motivo me hace su Señoría esa proposición”. Satisfizo a mi curiosidad diciendo: “Se está muriendo en San Carlos, en la mayor miseria, mi buen amigo Don Tomás Alonso, que fue de los patriotas de la PUERTA DEL CONDE”. Quiero socorrerlo y no tengo ni un centavo; tú, mejor que nadie, sabes que hace va­rios meses el Gobierno no da la dotación al Clero”.

“Pero, le repliqué, para hacer una obra de bien, Monseñor, no tiene su Se­ñoría que vender uno de sus cálices. Bien sabe Su Seño­ría, que tiene en su poder $ 400.00 oros míos, que son también suyos. Disponga de ellos y si mañana me los puede pagar, bien; y si no, también”. “Gracias por tu genero­sidad, hijo mío, Para mí, un depósito es sagrado; sin tu consentimiento, no hubiera yo dispuesto ni de un centavo de esa suma”.

La dificultad de gobernar

Decía Meriño al Padre Castellanos: “No sé cómo gobernar. Cuando fui Pre­sidente me llamaban tirano; ahora dicen que soy débil”. Pero él sabía gobernar. Ha­bía nacido con dote para ello.

La entereza de carácter de Meriño

Fue Monseñor de Meriño de mucho y admirable valor. Nunca se le vio amedrentado; nunca sintió fla­queza en sus bríos. En nuestras Cámaras jamás se ha oído discurso tan valien­te como el que pronunció en la jura del Presidente Báez el 8 de diciembre de 1865, cuyo párrafo más saliente es el siguiente:

 “¡Profundos e inescrutables secretos de la Providencia! Mientas vagabais por playas extranjeras, extraños a los grandes acontecimientos verificados en nuestra Patria; cuando parecía que estabais más alejado del solio y que el poder supremo sería confiado a la diestra victoriosa de alguno de los adalides de la independencia…tiene  lugar en este país sucesos extraordinarios…! Vuestra estrella se levanta sobre los horizontes de la República y se os llama a ocupar la silla de la primera magistratura. Tan inesperado acontecimiento tiene aún atónitos a muchos que lo contemplan”.