Por: Isabel Valerio Lora, MSc. Email: [email protected]

Ser testigo de una muerte pacífica es como observar una estrella fugaz” E. Kübler Ross.

El duelo se va elaborando de forma anticipada, cuando se tiene un hijo con una enfermedad terminal. Un paciente en fase terminal es aquel que padece una enfermedad avanzada, progresiva e incurable, con una falta de respuesta al tratamiento específico, con síntomas múltiples, multifactoriales, intensos y cambiantes, gran impacto emocional en el enfermo, la familia o el entorno afectivo y equipo, con un pronóstico de vida limitado (inferior a seis meses). (OMS, 2003)

El duelo anticipado se caracteriza es  una respuesta emocional frente a una pérdida que no ha tenido lugar aún sino que acontecerá en el futuro, inicia en  el momento que el médico hace el diagnóstico y emite el pronóstico  de incurabilidad. Desde ese instante, se visualizan  los proyectos de vida que se truncan, los nietos que ya no conoceré, el apoyo y consulta que ya no estará, ya no está el relevo esperado, porque la muerte es inminente.

Según Ortiz (2010) la familia del paciente, ante la mala noticia pasa por una serie de reacciones emocionales como: dolor, ansiedad, depresión, padecimientos psicosomáticos, agudización de los problemas de pareja, desavenencias y conflictos conyugales. También surgen sentimientos de ira, rabia, incredulidad, culpabilidad. Muchas veces aparece una reacción de negación junto con pánico, abandono, confusión y miedo. A menudo estos síntomas son mecanismos adaptativos ante una ansiedad intolerable.

Se considera que el duelo anticipado favorece un posterior duelo sano: a) el acompañamiento al enfermo en los últimos momentos, y b) la despedida, la cual genera un gran sentimiento de tranquilidad en ambas partes. (Yoffe, 2013).

Perder a un hijo es una experiencia que acompaña toda la vida, la manera en que consigan interiorizar su pérdida determinará está distinta y desconocida forma de volver a vivir sin ellos.