Dinámica y frutos de un encuentro

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La Epifanía del Señor (así se llama litúrgicamente la fiesta del Día de Reyes) constituye una de las tres manifestaciones de Dios, a lo largo del tiempo de Navidad, en la persona de Jesús. Las otras dos ma­nifestacio­nes ocurren la noche de Navidad y el día de su bautismo. Estas tres manifestaciones se nos presentan como una especie de onda expansiva: en la primera (noche de Navidad), Dios se manifiesta a unos humildes pastores de un pueblo sumamente pequeño (Belén), que re­presentan al pueblo judío; en la de hoy se manifiesta a unos magos de Oriente (posiblemen­te Persia, el actual Irán), los cuales representa a las poblaciones gentiles; por último, el día del bautismo de Jesús se ma­nifestara a todo el mundo.

El relato que hoy nos ocupa muestra un itinerario que va desde la búsqueda de respuesta a un cambio de rumbo existencial. Veamos cómo se da ese recorrido.

Todo comienza con una pregunta hecha por los magos a Herodes: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?” No se trata de cual­quier pregunta. Es la pregunta por aquél que puede dar sentido a la vida. El ser humano no puede vivir sin ha­cerse esa pregunta. Se trata de una pregunta despertada no solo por el deseo de saber, sino de encontrar. Los magos quieren encontrar a Jesús. Es la pregunta del hombre que tiene sed de lo divino. Una cues­tión que no se conforma con res­puestas intelectuales, sino que va más allá, espera una respuesta existencial, que llene de sentido la vida, que sea la meta del largo camino que recorremos.

Al enterarse que el Niño tendría que haber nacido en Belén, los ma­gos “se pusieron en camino”. Ese es el segundo elemento a tener en cuenta. Lo propio del ser humano es estar siempre en camino. Nunca estamos conformes con lo alcanzado, la quie­tud parece ser ajena a la condición humana. Necesitamos estar en bús­queda permanente. Nuestro inquieto corazón se resiste a quedarse estacionado a orillas del camino. Ponerse en camino expresa el anhelo de en­contrar quién le dé sentido a la vida. Esa actitud es propia del hombre de todo tiempo y lugar. Nunca estamos contentos. Por eso avanza la ciencia, por eso mu­chos acuden a la magia, y por eso nosotros buscamos a Dios. En el camino nos cansamos, nos ex­travia­mos, nos distraemos; también descubrimos señales, somos sorprendidos por paisajes desconocidos; otras personas salen a nuestro en­cuen­tro, nos animan y nos orientan. Se convierten en estrellas para nosotros.

Ese es el tercer momento de este itinerario. Quien aparece en nuestro camino podría ser esa estrella que nos indique dónde está Jesús, dónde podemos encontrar a Dios. También puede ser la oportunidad para que nosotros actuemos como estrellas para ellos. Esto exige que demos un voto de confianza a los demás, a la vez que nos ganamos el suyo. Ser sabios es tener la capacidad de discernir cuándo los demás o las realidades del mundo están siendo estrellas que nos guían. Por eso habrá que tener cuidado de las estrellas fugaces, son un rayo de luz que en seguida se apaga. Como Herodes, quien indicó el camino a los magos, pero con sus malas intenciones.

En cuarto lugar, el encuentro con Jesús es motivo de alegría y adoración. La alegría es provocada por el hallazgo de lo que buscan. Siempre que encontramos lo que buscamos nuestro corazón se llena de alegría. Los magos han encontrado a Jesús. Y al encontrarlo le ofrecen lo mejor de sí mismos, sus personas (“caye­ron de rodillas”), y lo hacen “objeto” de su adoración.

Finalmente, después del encuentro, deciden regresar a su patria “por otro camino”. Todo encuentro con el Señor nos pone a caminar “por otro camino”, lleno de novedad y de sorpresas, el camino de una nueva vida.