Monseñor Freddy Bretón Martínez
Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

El perdón no es un discurso largo. Basta con que se cumpla, con que perdonemos de corazón. Cristo nos dice: No le des largas. “Vete y cúmplelo”. Siempre digo que quien toma el corazón para odiar, lo estropea. Es como si un delicado pañuelo blanco, lo usá­ramos para limpiar la grasa del camión; o un colorido pañuelo fuera destinado a recoger el cloro que se derramó en el piso: No estaban hechos para eso; los echamos a perder. Pero lo más grande es que cuando odiamos, pensamos estar haciendo algo muy inteligen­te, mortificando a nues­tro rival. Por el contrario, él estará muy tranquilo, mientras no­sotros maltratamos nuestro propio corazón. 

A veces buscamos subterfugios para no perdonar; o damos aparentes muestras de perdón, como cuando alguien dice: “Yo perdono, pero no olvido”. Normalmente lo dice porque sigue alimentando el resentimiento, recreándose en los pensamientos con los que parece cebarse contra su rival. 

Ya se ha dicho hasta la saciedad: Lo más saludable es el perdón, y sin él no podemos vivir verdaderamente ni como personas ni como sociedad. Pero es muy conveniente que en ésta funcione bien la justicia, para que los ciudadanos no se vean tentados a tomarla por sus manos. 

Si la justicia actúa como es debido, queda­mos más libres para perdonar. He conocido grupos y familias ente­ras destruidas a causa del odio. Pero también sé de personas que han recibido gravísimas ofensas y, no obstante el agravio flagrante, han perdonado, poniendo en manos de Dios toda la situación. ¡Di­chosa la gente que así actúa, pues tendrá la recompensa del Señor! Son verdaderos discí­pulos del Maestro que, clavado en la cruz, nos enseñó a perdonar de corazón. (Lc 23,34.39-