Diácono Ramón Antonio Arias (Piro): Mi Padre

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Tal vez más que hablar de quien fue mi padre, estas palabras quieren ser un agradecimiento público a su persona y a lo que fue en mi vida, y a su quehacer en la Iglesia. Debió de haber cumplido 82 años en septiembre. Tenía 55 años de casado con mi madre Lidia Arias. Aunque yo era su único hijo carnal, tuvo muchos hijos de crianza y espiritua­les, como mi hermana Mirian, que lo atendió hasta el final, sus sobrinos que siempre le adoraron y res­petaron, muchos otros que vivieron por temporadas en casa, otros que supo guiar y conducir por los sen­deros de la fe y de la vida, y sus dos adoradas nietas que también crió Rosalía y Mariana.

Partió a la Casa del Padre la madrugada del domingo de la Ascensión del Señor a los cielos, a la 1:00 y algo de la mañana; la noche del sábado comenzó a complicarse, pues ya tenía tiempo enfermo. Me llamaron, al llegar abrió sus brazos y me dijo; “qué bien que llegaste”, y comenzó su proceso de partida. Hicimos lo posible, quería­mos llevarlo al hospital, llamamos a unos de sus médicos, pero su vida comenzó a apagarse, sus signos vitales comenzaron a decaer, y en el silencio y en paz entregó su vida y comenzó a descansar y a vivir en su Señor a quien tanto amó, y por quien luchó en este mundo.

Desde muy joven comenzó su andar en la Iglesia de manos del P. Felix García, dando catequesis y formando grupos y comunidades en la Iglesia, sobre todo en la comuni­dad de Las Palomas, donde más ejerció su apostolado, acompañando diversos grupos, adolescentes, jóvenes y más. Después de un tiempo como Presidente de Asamblea, fue ordenado Diácono, ministerio que ejerció durante 45 años en la Parroquia de Licey y sus comuni­dades, sobre todo Canca La Reyna.

Su trabajo en la Iglesia se exten­dió a toda la hoy Arquidiócesis de Santiago cuando trabajó en CARITAS Arquidiocesana, pero también fue misionero un tiempo en la Dió­cesis de Ciudad Bolí­var, en Venezuela, enviado por Mons. Roque Adames, Obis­po de entonces, y también en Nicaragua, tras el triunfo de la revolución sandinista.

Siempre amó a la Iglesia, siempre estuvo dispuesto a obedecerla y a propagarla por donde pudiese. En la Eucaristía de entie­rro, Mons. Tomás Morel destacaba todo el dinamismo evangelizador que supo des­plegar en Licey, cómo se movía por todas partes llevando la Palabra, haciendo presente a Cristo.

Recuerdo que un servidor y sus sobrinos, ya en tiempos de su enfermedad y sus últimos años, le habla­mos de que ya debía retirarse de su trabajo en la Iglesia, a lo cual no muy gustosamente nos dijo, que sentía que tenía una misión, la cual debía continuar hasta el final, y así lo hizo, pues puedo decir, que solo en los últimos meses de gravedad fue que dejó su quehacer del ministerio diaconal en la Iglesia.

Quiero darle gracias al Señor por lo que fue su vida, y muy en especial, porque me dio un buen padre, porque conocí un gran ser humano, no era perfecto, pero supo enseñar­me y darme lo necesario para ser lo que soy hoy día; como una vez me decía sobre él Mons. Freddy Bre­tón.

No hay en el mundo con qué pagarle todo lo que hizo por mí. No quería que se me fuera, me hace falta, quisiera verle de nuevo, en­contrarme con él, como lo hacía cada domingo por la tarde después de mi trabajo pastoral, y comíamos juntos, descansábamos y hablába­mos, pero sé que está con en Señor, ascendió a los cielos, y la fe que me transmitió y recibí ahora nos une más y un día nos hará encontrarnos de nuevo, ya no por un tiempo como fue en este mundo, sino por siempre, en la eternidad.