Desde que recuerdo

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Más adelante, papá alter­naría el trabajo agrícola con la ebanistería, en el taller de mi padrino José Torres, en Don Pedro (Tamboril). La esposa de padrino –mi ma­drina– era María Elena, hermana de papá. Cuando yo les besaba las manos (les pe­día la bendición), respon­dían siempre con cariño, Dios te bendiga, con la s muy bien pronunciada (cosa poco común en estos lares). Pero no olvido tampoco al padrino, cuando abría su monedero (de los que usaban regularmente las muje­res, que cerraban con dos bolitas), y nos repartía algo de dinero, aparte del pan caliente que nos traía. Papá también nos traía pan; para tener las manos libres para la bicicleta, a veces se metía la funda bajo la camisa.

Los regalos de Reyes de mis padrinos son inolvida­bles: un ruiseñor azul que se llenaba de agua y, al soplarlo, cantaba. Una escuadra (pistola), con cachas algo oscuras. Una bota-alcancía azul claro… Sin embargo, cuando nos ponían los regalos nuestros padres, y fui­mos aumentando de núme­ro, el regalo se reducía a cuatro bolitas de canquiña; no sé si llegamos a tener problemas teológicos al comparar con los regalos de los vecinos más pudientes.

La primera carta que recibí por correo, siendo yo un niño, me la envió mi padrino de Confirmación, el tío Apolinar Bretón; sólo recuerdo la maravilla de ver mi nombre escrito con sus hermosas letras en el sobre. (Se sabe que mis letras no salieron a las de él; Alejo, Juanito y Domingo, tíos ma­ternos, también tenían bonitas letras. Entre las cuatro hermanas y los cuatro hermanos de mi casa hay de todo. Pero no me disgustan mis letras…).

En mi infancia me alfabetizó María Diplán (Yía), que había convertido su pro­pia casa en escuela, a unos pasos de mi casa. En el patio había muchas plantas de unas florecitas llamadas astromelia blancas, mora­das, rosadas… (que en algu­nos lugares llaman almira, el mismo nombre de la pri­mera ópera de Händel, Almi­ra, reina de Castilla). Abun­daban también en el patio los papelitos plásticos de las envolturas de pastillas Neo­asma y Tedral, pues los hermanos de Yía, Manuel e Ismael, sufrían de asma; no sé si a causa de la dificultad para respirar Ismael estaba notablemente doblado hacia delante.

Yía le tenía mucho mie­do a los truenos; cuando em­pezaban, nos dejaba y se refugiaba bajo la cama. Fue en este ambiente de tormenta que oí rezar por vez pri­mera el trisagio, oración muy común en estos casos, en honor de la Santísima Trinidad. Santo Dios, santo fuerte, santo inmortal… líbranos de todo mal. Había una forma cantada, que mencionaba al profeta Isaías. Otro día lo escuché de labios de Sila, una doña muy devota, de Licey Arri­ba; Papá y yo veníamos de algún lugar, nos atrapó gran lluvia y viento fuerte y entramos a guarecernos en la sencilla casa de esta señora, quien era muy activa en la Iglesia. Junto a la casa había una mata de almendra alta, y con la fuerte brisa, las almendras caían como pro­yectiles al suelo, con gran cantidad de hojas. Mientras tanto, la piadosa doña sacaba un cuadro del Gran Poder de Dios por una ventanita, y rezaba el trisagio. Esta doña fue la que me encargó traerle de Nueva York un crucifijo de buen tamaño; y así lo hice. Muchos años después, un hijo suyo trabajaría en la reparación de la casa de mi familia.

Condiscípulos de este tiempo son, Josefina y Ma­riano Diplán Bretón, Lilyan Ureña Guzmán, Ramoncito Ureña, Rafael Bretón Bretón y otros.

Luego me enviaron a la escuela pública; me tocó como profesora la Srta. Lin (María del Carmen Guzmán Bretón). Era buena conmigo, aunque un día se incomodó porque alguien hablaba en clase y repartió regla­zos de forma indiscriminada, tocándome uno a mí, que no había faltado en nada. Lin tenía una bicicleta roja que usaba con guantes blancos; se emocionaba con solo oír mencionar a Elvis Presley.