Desde que recuerdo

0
105

IV

Por supuesto, la nuestra era una casa sencillísima: una enramada dividida en dos mitades; sólo tenía paredes (de yagua, los tres lados exteriores) la mitad corres­pondiente a los dormitorios; la otra mitad (la sala) era en­teramente abierta por tres lados; la división entre sala y dormitorios era de tablas de palma. En esta sala había un cuadro del Corazón de Jesús y otro de la Virgen de la Altagracia, algún calendario y fotos de varios familiares. Todo permanecía ahí, incluso por las noches; sólo se vol­teaban las sillas contra la pared, supongo que para que no las usaran los animales. Detrás de la casa había un montón de tablas de palma, con la idea de mejorar la casa algún día, lo cual suce­dió cuando ya todos estába­mos crecidos.

La salita tenía siempre el suelo cubierto de arena ama­rilla, muy bonita, que se ex­traía de unas cuevas en el río, con peligro de derrumbarse (como sucedió varias veces sobre algunas muje­res). Daba la vuelta a esta sala, sobre el tope de los es­tantes de madera, una en­re­dadera llamada botón de nácar que mi madre cultivaba con esmero.

Hay que decir que en casa faltaban muchas cosas, pero nunca faltaron flores. A me­nudo alguna gente que pasaba por el camino, se detenía a mirar la casa, sobre todo la arena de la sala. A veces ­pisa­ba uno con el talón (des­cal­zo, por supuesto; ¿quién usa­ba zapatos?) y se hundía un poco la tierra en la superficie, por alguna concavidad interior. Era frecuente que yo me soñara sacando de es­tas cuevitas, monedas de todo tipo o también bolitas (bellugas).

La casa tenía una puerta principal, de madera, para pasar de la sala al aposento; y otra de menor calidad y tamaño para salir del apo­sento al patio, en donde estaba la cocina. La puerta principal se cerraba con una ­aldabita de alambre, un poco grueso, que luego la veía yo en sueños, en los que siempre la abrían los ladrones: nunca me pareció segura.

Al lado Este de la casa hay una cañada entre nuestra casa y la de los abuelos. En mi infancia se escuchaba la corriente de agua, y a menu­do zumbaba con la creciente. A la orilla manaba fácilmente, por lo que papá hizo un pozo para abastecer de agua (no para beber sino para el manejo) mi casa y la de los abuelos. Nosotros ha­cíamos pequeñas lagunas con pececitos, algunos de colores, o construíamos po­citos, incluso con poleas de carretel (carrete) de hilo, para sacar el agua. En el pozo principal estuvo al aho­garse papá, pues se fue de cabeza mientras llenaba unos calabazos, y sólo tenía al lado a un niño, José (Che­pe, el de Lucila) que, con la impresión ni siquiera atinó a llamar a alguien. Papá salió como Dios lo ayudó a salir.

El agua potable (y la del baño de las damas) había que cargarla de la llave  pú­blica, a un km. de distancia. Pero el problema no era la distancia sino el gentío in­creíble que acudía en busca del agua, procedente de va­rios kilómetros a la redonda. Había pleitos y se rompían los calabazos, y a veces la boca. A mí me auxiliaba Ja­cinta, una joven dama, fornida y amable, muy respetada; a este mismo lugar venía a buscar agua José Delio Fa­milia López, quien vivía cer­ca de Canca La Reina, y llegaría a ser luego sacerdote de la Diócesis de Baní. Uno de los que cargaba agua de ese lugar intentó ponerme el apodo de higüerista. Enton­ces se llevaba una pequeña higüera (vasija hecha con la mitad de un higüero) para re­llenar los calabazos o latas de agua, una vez colocados sobre el animal. Pero a este amigo simplemente le hacía mucha gracia que yo dijera higüerita  en vez de jigüerita como era lo común.

Se ha de saber que en mi casa –cosa extraordinaria– no estaba permitido hablar en cibaeño (forma dialectal del español de la región). Mi mamá quiso ser religiosa o profesora, y creo que de algún modo vivió ambas cosas. ¡Así no se dice! Era una expresión común en su boca. Se llegaba incluso a la ultracorrección (no se decía beber, pues se bebía ron; el agua se tomaba). Eso no impedía que la misma profesora a veces no pudiera sustraerse al uso común (sobre todo de sus mayores, pues fue criada por sus abuelos, a quienes fue entregada por ser la hija mayor). En vez de ahijado decía aljado; probablemente porque la primera palabra lleva una i muy notable, y no debe olvidarse que al cibaeño no le gusta poner la i donde corresponde (por eso se evita decir aceite). Ultracorrecta era también la tía Beatriz cuando decía fíjaste  en vez de fíjate (en el modo indicativo se dice te fijas, y parece que eso la inducía a errar).